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miércoles, junio 25, 2014

210. ¿Por qué tenemos que salvar a las lenguas en peligro de extinción?


Animación

Cuando un lenguaje muere se lleva una cultura consigo.

Tom Belt, natural de Oklahoma, no conoció la lengua inglesa hasta que empezó el jardín de infantes. En su casa, se hablaba en cheroqui.

Belt creció montando caballos y después de la universidad viajó por todo el país haciendo el circuito de rodeo. Finalmente, terminó en Carolina del Norte en busca de una mujer que conoció en la escuela 20 años antes.
"Hace muchos años ella me había dicho que le atraía de mí el hecho de que yo era el cheroqui más joven que había conocido que podía hablar cheroqui", dice y añade:

"Me compré un billete de ida y vuelta para visitarla, pero nunca usé la vuelta".

La pareja se casó. Sin embargo, su esposa, también cheroqui, no hablaba el idioma. Él pronto se dio cuenta de que era una minoría entre su propia gente. En aquel entonces, solo quedaban 400 hablantes de cheroqui en la Banda Oriental, la tribu ubicada en la patria histórica de los cheroqui y la tribu a la que pertenece su esposa.

Los niños tampoco estaban aprendiendo el idioma.

"Empecé a darme cuenta de la gravedad de la situación", dice Belt. Así que decidió hacer algo al respecto.

10 lenguas para el 50%

El cheroqui está lejos de ser la única lengua minoritaria en peligro de extinción.

Durante el último siglo se han extinguido alrededor de 400 idiomas, aproximadamente uno cada tres meses, y la mayoría de los lingüistas estiman que el 50% de las 6.500 lenguas restantes del mundo habrá desaparecido a finales de este siglo (aunque, algunos llegan a situar esta cifra en el 90%).

Banderas

En la actualidad, hay 6.500 lenguas restantes en el mundo.

Hoy en día, las diez principales lenguas del mundo engloban, aproximadamente, a la mitad de la población mundial.

¿Es posible preservar la diversidad de idiomas, o estamos en camino de convertirnos en una especie monolingüe?

Debido a que hay tantos idiomas en peligro, es imposible etiquetar uno solo como el más raro o el más amenazado, pero hay al menos 100 en todo el mundo que solo tienen un puñado de hablantes, desde el ainu en Japón al yagán en Chile.

También puede ser difícil encontrar a estas personas.

Hay algunos casos famosos: Marie Smith Jones falleció en Alaska en 2008, llevándose consigo la lengua eyak. Normalmente se trata de personas mayores (habitualmente en un estado precario de salud) que no anuncian sus habilidades lingüísticas.

Lea el artículo completo en:

BBC Sociedad
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domingo, marzo 16, 2014

205. Los últimos iskonawas

Ya casi nadie habla el idioma iskonawa: solo cinco ancianos, dos de ellos sordos. Cuando mueran, con ellos se extinguirán sus canciones, sus cuentos, sus piropos, su forma de pensar, todo. Será el fin de su mundo. Esta es la historia final del pueblo iskonawa y de cómo un puñado de personas en Ucayali está intentando rescatarlo de las cenizas.
Publicado el diario La Républica el 24 de febrero e 2014
 
Texto: Marco Sifuentes / INFOS  
 
Fotografía: José Vidal



EN EL INICIO DE LOS TIEMPOS, el páucar asesinó a todos los jóvenes que se le acercaban, disparando las plumas de su cola como flechas.



—¡Chiseketereeee! —decía acribillando a decenas de jóvenes desnudos, que caían muertos al pie de su árbol, un gigantesco árbol de maní—. ¡Ashpaketereeeee!



Cuando ya no quedaba casi nadie vivo, se acercó un anciano hechicero al árbol gigantesco. El páucar lo miró un rato con sus ojos azules y luego le apuntó con la cola negra y amarilla.



—¡No me matas! —gritó el anciano, llamado Hanobo—. Solo quiero tu maní.



El páucar, agradecido de que por fin alguien se dignara a hablar con él, no solo dejó que el hechicero y su gente recolectaran el maní. Además, les enseñó a sembrar, a cocinar sus alimentos y a preparar la uma (un especie de chicha de maíz fermentado y plátano maduro).



Desde ese día, la gente de Hanobo se llamó a sí misma “iskobakebo”, que significa “Hijos del Páucar”.



Ahora, las tres últimas descendientes de Hanobo llaman a su pueblo “iskonawa” (algunos escriben isconahuas). “Isko” es páucar y “nawa” es foráneo, extranjero o, quizás, exiliado. 



Pero de ellas y su exilio hablaremos más adelante.



Todavía estamos en el inicio de los tiempos y los Hijos del Páucar acaban de conocer la agricultura y la cocción. A diferencia de sus vecinos, los shipibos, que son ribereños y que por eso tuvieron contacto rápido con la cultura occidental, los iskonawa se adentraron más al monte. No pescan; esa es una costumbre shipiba. Lo que más les gusta a los iskonawas es el sajino trozado y ahumado.



(Eso sí, antes de cazarlo, le piden permiso a su yushin, su espíritu, tal como se los enseñó el páucar.)



Los shipibos y los iskonawas hablan idiomas parecidos pero distintos. Como el español y el portugués. No son dialectos, son lenguas de la familia lingüística pano, extendida entre las cuencas amazónicas de los ríos Ucayali y Madre de Dios.



El iskonawa es un idioma musical, lleno de verbos que son, en realidad, onomatopeyas. Esto, en teoría, evidenciaría una lengua poco abstracta. Sin embargo, también es bastante compleja: tiene hasta siete formas de conjugar el verbo en pasado (en español solo hay dos).



Por ejemplo, tendrían una forma distinta para conjugar los verbos del siguiente párrafo:



HACE MUCHO, MUCHO TIEMPO, los iskonawas eran cientos, quizás miles. Pero un día decidieron cruzar un río. Mala idea.



Quizás por un momento se olvidaron de las lecciones del páucar y no pidieron permiso al río. Estaban a medio camino cuando, de pronto, una shushupe gigantesca, una víbora con un lomo como serrucho, tsaass tsaass tsaass y cortó los puentes que habían tendido. Los maderos cayeron res res res al agua.



Un grupo había cruzado y el otro, no. Los Hijos del Páucar fueron separados.



—Ahora somos enemigos —se dijeron de una orilla a la otra—. Cuando yo te vea, te voy a matar. Y cuando tú me veas, me vas a matar.



Los que cruzaron el río siguieron rumbo hacia lo que no sabían que (o quizás todavía no) era la frontera con Brasil, hacia lo que ahora es el norte de la Zona Reservada Sierra del Divisor.



En los últimos meses, la ONG Pronaturaleza y la Sociedad Peruana de Derecho Ambiental han emprendido una campaña para convertir a la Sierra del Divisor en un Parque Nacional, la máxima categoría de protección ambiental posible. Un comité del gobierno deberá tomar una decisión en julio de este año.



Buena parte de la zona reservada ya está lotizada a madereros, mineros y a la petrolera colombiana Pacific Rubiales. Ascenderla a Parque Nacional podría salvar a la reserva de la depredación total.



Se dice que los iskonawas que viven en la Sierra del Divisor son “no contactados”, pero eso es un error. Hay reportes, que datan desde 1690 pero son más frecuentes en el siglo XX, de múltiples contactos con este pueblo. El patrón es el mismo: violencia. Asesinatos, robos, violaciones, esclavitud. No es sorprendente que su situación exacta sea, más bien, “en aislamiento voluntario”. Lejos de nosotros.



Pero los que se quedaron de este lado del río no pudieron mantenerse aislados.



Lea el artículo completo en:

La República
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