sábado, julio 19, 2008

107. La enseñanza de la literatura en el aula

107. LA ENSEÑANZA DE LA LITERATURA EN EL AULA

Por:
Diego Marín Contreras

Leer, ¿para qué?


Llevo años en el arte -sí, es un arte más que cualquier otra cosa- de promover el libro y la lectura. Y como ahora está de moda hablar de políticas y estrategias, a cuanto seminario asisto me preguntan: "¿qué estrategia propone usted en la promoción de los hábitos lectores?", y yo cada vez me voy quedando más mudo y más pálido porque carezco tanto de las unas como de las otras. Más aún: no creo que el asunto pueda expresarse adecuadamente con ese lenguaje. Tampoco creo, a estas alturas de la calvicie, en la validez universal de los sistemas teóricos. Peor: me hartaron las teorías. Un pensador inglés dijo: "yo tenía seis teorías sobre cómo educar a los hijos; ahora tengo seis hijos y ninguna teoría". Me pasa lo mismo.

Debería, pues, sentirme como un total fracaso en cuanto se refiere a promover el libro y la lectura. Después de treinta años en el negocio no tengo políticas ni estrategias, y me he quedado sin ninguna teoría. Mi ruina conceptual es absoluta y elegida, pero quiero creer que en realidad se trata de mi riqueza. Porque he llegado a otras conclusiones de naturaleza mucho más práctica, hijas del sentido común, que se basan por completo en mi experiencia como lector y, más todavía, como ser humano.

En ese campo estrictamente personal atesoro un recuerdo muy remoto, tan lejano que se pierde en las brumas de la infancia. El recuerdo se reduce a una imagen y una voz. La imagen es la de una mujer joven, de pecosa cara redonda, y espesa cabellera roja. La voz, que brota de sus labios con una dulzura infinita, está recitando unos versos que dicen: "cultivo una rosa blanca en junio como en enero para el amigo sincero que me da su mano franca…" La mujer es mi madre, y los versos son de José Martí. Esa imagen me ha acompañado a lo largo de mi historia como lector y es, por supuesto, uno de los recuerdos más felices de mi infancia.

Ya en la adolescencia, mi padre, que era un ser bello y sensible, me dijo alguna vez: "te abrí una cuenta en la librería, puedes sacar los libros que quieras". Para un joven ávido de lectura aquella era una tentación demasiado grande, y más de una vez se me llenaron los ojos antes que el cerebro. Estoy seguro de que me excedí. Sin embargo mi padre jamás se quejó. Sólo una vez, acodado tras su inmenso escritorio que parecía un barco a la deriva, me dijo mientras revisaba las facturas de la librería: "tú debes ser muy culto, ¿verdad?"

Han pasado los años, según es su costumbre, y la verdad no sé si me he convertido en ese hombre culto que de seguro soñaron mis padres, pero sí aprendí de los dos una importante lección en cuanto se refiere a la promoción del libro y de la lectura. En primer lugar, que nadie lee porque otro lo obliga a leer, sino más bien siguiendo el ejemplo de otro, generalmente un ser que nos inspira respeto y amor. Que el amor y la lectura están unidos por un lazo indisoluble y misterioso, que la mayoría de los profesores tiránicos desconocen por completo, y por eso fracasan una y otra vez en sus vanos intentos por acercar a sus estudiantes hacia los libros, aunque estén forrados de políticas, tapizados de estrategias y condecorados de teorías. El que desprecia a sus alumnos no merece siquiera ser llamado maestro.

Los años han pasado, según su mala costumbre, y hoy me aterra la doble moral imperante en quienes están llamados a promover la lectura. Pertrechados con estadísticas y otras armas blancas, nos acusan en eruditos discursos porque, según ellos, no leemos lo suficiente. Vanos inquisidores de la letra impresa, como si ese fuera el problema. El problema, si hay alguno, no radica en que los demás no lean sino en qué tanto leo yo. Dejemos de ver la paja en el ojo del vecino y veamos la viga en el propio. Esa viga es tan grande que nos impide leer el gran interrogante del libro: el interrogante sobre mí mismo. ¿Leo yo en verdad, o soy un seguidor de modas, un esnob que recita títulos y autores como si recitara marcas de autos o etiquetas de camisas caras? "Sí, sí, este es Tommy, y el libro que estoy leyendo es de Marcel Proust. ¿Cómo te queda el ojo?"

Porque es bien distinto ser un lector que ser un repetidor de ideas ajenas. El lector pasó por los libros para llegar a sí mismo; el repetidor se quedó en los libros para no verse ni a sí mismo. Todos, alguna vez, hemos sido repetidores, pero lo importante es llegar a ser un lector. Porque el lector se sale del libro y lee el cielo y las estrellas, el placer y la risa, la herida y el llanto, el anverso y el reverso, la ciudad y sus mitos, la máscara y el rictus, el gesto y el énfasis, la astucia y el fraude. Porque un lector deja de ser un repetidor de ideas ajenas -"Borges dijo, Cortázar dijo, Gabo dijo…"- para ir en busca de la sabiduría, de una sabiduría que, por lo demás, sólo a él le sirve porque, como los carnets y las tarjetas de crédito, es personal e intransferible.

Por ello la mejor manera de promover la lectura, sin morir en el intento, es hablar lo menos posible sobre los libros y lo más que se pueda sobre la vida, pues esa es la que todos tenemos que leer un día y otro día, hasta que nuestro Autor decida que ya es hora de colocar el punto final. Y debe ser triste morirse uno analfabeto de sí mismo.

La dictadura y la lectura


Precedido por un espeso silencio, que casi se podía palpar en el aire ardiente de la mañana, el Padre Prefecto hacía su ingreso a la clase con pasos ágiles. Después de rezar un Ave María, y mientras peinaba hacia atrás sus engrasados cabellos negros, que llevaba cortados -podados sería más exacto decir- como un militar en ejercicio, el cura colocaba un voluminoso manual de literatura sobre el escritorio y nos ordenaba sentarnos.

Tan veloz como Flash Gordon, el inolvidable personaje de las tiras cómicas, yo rogaba a mi vecino de pupitre que me regalara una hoja, pues debo confesar, treinta años después de los hechos que amenazaron con acabar mi carrera de lector, que nunca tuve cuaderno de Español y Literatura. A estas alturas de la angustia, ya el Prefecto había abierto su espantoso volumen con un gesto casi obsceno. Mi mano se desplazaba rauda sobre el papel inerme para no perder ni un detalle, copiaba a toda marcha, como un demente, como poseído por una saña homicida que me hubiera gustado dirigir contra el padre, pero que pagaba cobardemente con la pobre hojita, que no tenía la culpa de nada y a lo mejor hubiera servido para hacer un barquito de papel.

¿Qué copiaba? Pues infamias y aberraciones tales como el año en que Miguel de Cervantes -"don Miguel", decía el cura con su tono nasal- había publicado La Galatea, el número exacto de redundancias que, según los académicos, contenía el Quijote y en qué punto exacto diferían Menéndez Pidal y Menéndez Pelayo -siempre tuve la sospecha de que eran el mismo tipo, y tres décadas más tarde aún me niego a leerlos- en torno a la apreciación estilística del lenguaje empleado por el Manco de Lepanto. Yo copiaba y copiaba, y en silencio maldecía a los sapos que levantaban la mano para que el cura les preguntara la lección del día anterior. Por otra parte, rogaba a Dios que siguiera preguntando por orden alfabético, pues cuando llegara a la "M" de Marín ya habría tenido tiempo acaso de aprenderme aquellas sandeces.

No recuerdo una sola ocasión en que el dictador -lo era, sin duda, más que por tiránico porque vivía dictando- se haya tomado la molestia de leernos al menos una página de los libros que mencionaba, y tengo la firme sospecha de que él mismo no había leído ninguno. Si hay entre los presentes algún miembro de la Promoción 75 del Liceo de Cervantes de Barranquilla, puede ratificar la veracidad de mi testimonio, pero ojalá no sea aquel a quien tantas hojas le arrebaté, por las buenas y por las malas, durante los oscuros años de la dictadura. Porque, más allá de los sapos vocacionales y los delatores de oficio, que prosperan como moscas en los regímenes totalitarios, y a quienes, por cierto, les ha ido muy bien en la vida civil, nadie era feliz en aquellas horas opresivas, que nada, absolutamente nada, tenían que ver con el libro y con la lectura, y la clase de Español y Literatura resultaba más aburrida que la de Matemáticas, evento en extremo pecaminoso y que de por sí debía considerarse como una prueba de la flagrante violación de los derechos humanos que tenía lugar en aquel infierno con forma de aula.

El Padre Prefecto hizo todo lo posible para que no aprendiéramos nada y, en efecto, lo consiguió. Quisiera saber cuántos de mis compañeros de generación recuerdan, a estas alturas de la cuarentena, qué diablos dijo Menéndez Pidal sobre el estilo de Cervantes, o cómo se clasifican, según Menéndez Pelayo, las comedias de Lope de Vega. Que los dos se pueden ir…allá, al museo de la trastienda donde la memoria guarda las cosas inservibles y los recuerdos desagradables. Han pasado treinta años, como treinta minutos, y lo único que hoy puedo conservar de aquella estrategia de promoción de lectura -para irme poniendo a la altura de este foro- es su efecto Doppler sobre la conciencia de sus receptores, es decir, su capacidad para generar en ellos el efecto exactamente contrario de aquel que se está buscando, si es que algo se está buscando, porque a mí me parece que tanto el Padre Prefecto como los que en la actualidad siguen por esa línea dura, lo que buscan solamente es obtener una enfermiza satisfacción personal mediante el procedimiento no menos patológico de mortificar a los demás obligándolos a aprender cosas inútiles. Para decirlo en buen romance, estos tipos no son más que sádicos disfrazados de profesores, que torturan por igual a niños y adolescentes como parte de una cobarde venganza contra la realidad social que los ha relegado a un papel de segundo orden en el escenario de la vida. Por lo demás, han existido siempre en cualquier lugar del planeta Tierra, y su función no es otra que la de impedir que el sueño de la lectura, que es un sueño peligroso, se apodere de las nuevas generaciones, pues este sueño podría llevarlas, como le sucedió a Alonso Quijano el Bueno, a la muy loca certidumbre de que es posible cambiar el mundo, o de pronto volverlo a inventar.

Lectura de un soñador


El niño alemán de cinco años de edad observa con ansiosa atención los labios de su padre, como si quisiera atrapar en pleno vuelo las palabras que, cual pájaros azules, traen en sus picos los versos de una historia inmortal. El hombre, agobiado por una vejez precoz, le está contando la Ilíada a su hijo, sin sospechar acaso qué héroe dormido en la sangre de aquel niño van a despertar los gritos de guerra de los griegos insomnes.

Porque a los ocho años, ante el asombro de la clase, el niño jura que él habrá de descubrir Troya algún día. Sus maestros, gente vulgar y sensata, se burlaron incrédulos. Por desgracia, siempre han existido profesores que se comportan como oscuros burócratas que lo ignoran todo sobre ciudades legendarias; además, nunca han tenido el valor de raptar una princesa. ¿Qué podría esperarse de ellos, sino que hagan llorar a los niños que han sentido en su sangre el llamado de los griegos insomnes?

Cuando tenía doce años el niño perdió a su padre, y se vio obligado a dejar la escuela para emplearse en una tienda de ultramarinos. Con el mismo fervor sigiloso y la misma voluntad de hierro que entregaba a la lectura de los clásicos, se dedicó de lleno al trabajo. Y de pronto los sensatos parecieron ganar la partida porque el niño creció y, olvidándose de Aquiles, el de los pies ligeros, se convirtió en un pragmático hombre de negocios. Veinte años pasaron, como las páginas de un libro, y el alemán ya era dueño de una cadena de tiendas. Los gestos de quien está habituado al ejercicio del poder eran suyos. El niño había quedado atrás, perdido en los cantos de Homero.

Pero una noche de apacible calma hogareña, frente al fuego de la chimenea, como si hablara de un proyecto doméstico, el hombre le dijo a su esposa: "Me voy para Troya". La esposa, que era rusa, preguntó acaso dónde quedaba esta ciudad. El hombre extrajo de una gaveta un mapa muy antiguo, y le señaló con precisión un punto en un eje de coordenadas. Con el mismo fervor sigiloso y la misma voluntad de hierro que había puesto en volverse rico, durante dos décadas había tenido tiempo de sobra para precisar el sueño de su infancia, el sueño que le había regalado su padre en una noche de invierno. La esposa, otra sensata, le pidió el divorcio.

Pero ya nada ni nadie podía detenerlo en su viaje hacia Troya, en su poético viaje hacia sí mismo. De modo que colocó un anuncio en la sección de clasificados del periódico, solicitando una nueva esposa, con la única y exclusiva condición de que fuese una griega. Entre cientos de aspirantes que enviaron sus fotografías, eligió a la que más se pareciera a la Helena de sus sueños, y se caso con ella según un rito homérico. La muchacha, veintiséis años menor que él, le dio dos hijos a los que llamó, como era de esperarse, Agamenón y Andrómaca. Exigió además que, al bautizarlos el cura leyera fragmentos de la Ilíada intercalados con pasajes de la Biblia. Ya el hombre había alcanzado la altura de su sueño, ya era digno de Troya.

Y en 1873, entre las montañas de Turquía, donde excavaste siguiendo un antiguo dictado, en un lugar llamado Hisarlik, como si escribieras el verso que faltaba en los cantos de Homero, tú, Heinrich Schliemann, loco bellísimo, como muy pocos hombres, encontraste la Troya perdida de tu infancia. Tu padre muerto debió sentir tu devoción, tu gratitud por su increíble obsequio, cuando desentrañaste los tesoros troyanos, tan sólo equiparables al tesoro de tu sueño, y adornaste con ellos a tu deseada Helena. Aquiles, el de los pies ligeros, debió salir a saludarte con sus héroes, y con ellos Homero, y los poetas de todos los siglos, como yo te saludo en esta mañana, Heinrich Schliemann, con ese sagrado respeto que uno siente hacia todos los seres que, como tú, hacen más bello el mundo.

Porque tú eras el lector que La Ilíada estaba esperando desde hacía siglos, porque te saliste de las páginas del libro y fuiste a buscar, en el campo de batalla de la vida, el constante latido del guerrero indomable. Porque, en tu sangre, los gritos de guerra de los griegos te llamaron como a uno de los suyos, como al guerrero que hacía falta para tomarse de una vez por todas la inquebrantable Troya de sus sueños.

"Toma y lee"


Llevas tantos años leyendo -se te ocurre pensar de repente, a sabiendas de que en realidad has leído unos cuantos libros, pero a esos pocos has vuelto una y otra vez, de una manera terca, apasionada-. Sin embargo, salvo en algunas ocasiones, al azar de los años y las experiencias nunca te habías sentado a leer la Biblia animado por una disciplina verdadera, de esas que nacen tanto en el corazón como en la mente.

Y a lo largo de los años has aprendido -ya que en verdad eres más un autodidacta que un académico- que si la lectura no nos transforma, si no lleva a cabo en nosotros un cambio profundo, estructural, visceral, en nuestro ser, en el corazón de nuestro corazón, pues entonces o no supimos leer, o ese libro que leímos era gratuito, frívolo, una cosa más entre las cosas. A lo largo de los años, pues, no te has convertido ni en un erudito ni en un sabelotodo -gracias a Dios-, pero, por lo menos, has logrado forjarte una personal concepción acerca de la lectura, que si bien no se caracteriza por su originalidad ni por su imponente aparato teórico, posee la indudable virtud de afianzar tu personalidad. Y, a fin de cuentas, ¿para qué se lee sino para ser cada día más uno mismo?

Y así, transitando por las páginas de los libros, una tarde llegaste hasta El Libro por excelencia. Sobra decir que no has sido un santo, que, en cuanto hombre, estás vendido al pecado, que en nuestra época hemos llamado neurosis, enfermedad o simple y llanamente error, pero que sigue siendo pecado. Sobra decir que no ignoras cuántos crímenes, masacres, genocidios, torturas, inquisiciones y otras infamias han sido cometidas, en nombre de Dios, por representantes de todas y cada una de las religiones que han existido sobre la Tierra. De manera que no eres santo ni religioso, sino lector y pecador, y así, con ese doble bagaje de vida y letras, te acercaste un crepúsculo a las Escrituras. Y no sabes por qué -pero Dios lo sabrá- leíste la Epístola del Apóstol San Pablo a los Romanos. Y no sin asombro supiste que Pablo -conocido como Saulo de Tarso antes de su conversión- había sido, no sólo un pecador, sino también un perseguidor de los cristianos: "Yo ciertamente había creído mi deber hacer muchas cosas contra el nombre de Jesús de Nazaret" (Hechos 26: 9).

Pero un mediodía radiante, cuando Pablo cabalgaba camino de Damasco, vio una luz del cielo que sobrepasaba el resplandor del sol y, obnubilado, cayó de su caballo. En el piso, aturdido, escuchó una voz que le dijo: "Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?" y cuando preguntó quién le hablaba, la misma voz le respondió: "Yo soy Jesús, a quien tú persigues" (Hechos 26:14-15). A partir de esa experiencia Pablo se convirtió en el más acérrimo defensor de Cristo que ha dado la humanidad, así como en la mente más lúcida que ha tenido el cristianismo.

Pablo escribía con el rigor de un filósofo y la inspiración de un poeta. Ejerció como nadie la libertad de pensamiento, pero al mismo tiempo seguía los dictados de Dios. Era un hombre profundamente honesto, que no se creía santo ni mejor que nadie por la alta misión que se le había encomendado: convertir el cristianismo de una secta judía en una religión mundial. No le temía a la confrontación, y sabía defender sus convicciones con firmeza y claridad. Por ello sufrió la cárcel, fue torturado y apedreado, insultado y escupido, pero jamás renegó de su fe en Cristo. Pablo era algo que no se ha visto casi, que no se ve mucho: un cristiano auténtico.

Y su Epístola a los Romanos -que, en su momento, trastornó a San Agustín y a Lutero- es un texto hondamente necesario, escrito con la sangre y el espíritu, con la sangre que es espíritu, un texto que no puede dejar indiferente a nadie después de su lectura, que conmociona hasta los tuétanos nuestra manera de ver el mundo y la vida. Como te transformó a ti, lector y pecador, no sabes cómo ni para qué, pero Dios lo sabrá, cuando leíste una tarde, en el capítulo 28, versículos 38 y 39: "Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo porvenir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada, nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor Nuestro".

Y la voz de Pablo, a la distancia de dos milenios, te habló como la de un contemporáneo, un amigo, un hermano, y entendiste con el alma la validez universal y eterna de su mensaje. Y ese día supiste que la lectura nos transforma, nos convierte, nos vuelve otros, como transformó a San Agustín una mañana cuando escuchó una voz que le decía: "Toma y lee, toma y lee".

El mensajero no es importante


Hacia el siglo III antes de Cristo Eratóstenes era el director de la célebre biblioteca de Alejandría. Poeta, matemático, astrónomo, dramaturgo, entre tantas otras cosas, Eratóstenes era un hombre universal mil años antes de que el Renacimiento amaneciera en Europa. Imagino que, gustoso, Leonardo hubiera sido su amigo. Pero Eratóstenes apareció demasiado pronto en la historia de la ciencia, o fue el fruto de una cultura, la griega, cuya maduración científica fue precoz y sorprendente. El hecho es que existe consenso en cuanto a considerarlo el primer hombre que no sólo supo con certeza matemática que la Tierra era redonda, sino además fue capaz de calcular su diámetro con un insignificante margen de error.

Eratóstenes razonó con indudable elegancia que si coloco dos objetos de la misma longitud sobre una superficie plana, verbigracia los dedos índices de mis dos manos, las sombras que éstos han de proyectar serán idénticas. En cambio, si la superficie sufriera la menor curvatura de inmediato las sombras también serían distintas. Por supuesto no se quedó ahí. Mandó un mensajero suyo a Siena, población ubicada a unos 200 kilómetros de Alejandría, indicándole que un día tal a tal hora colocara sobre el suelo una vara y luego dibujase la sombra por ésta proyectada. Entre tanto, en Alejandría Eratóstenes hizo lo propio. Cuando finalmente regresó el mensajero, después de atravesar odiseas inenarrables, el director de la biblioteca comparó los dos dibujos y, no sin asombro, notó que las sombras eran diferentes. Ergo: la Tierra era redonda. Pero tampoco se quedó ahí. Prolongó las sombras hasta un imaginario centro de la tierra, calculó el ángulo que se formaba, multiplicó el porcentaje de este ángulo con respecto a la circunferencia de 360 grados por la distancia entre Alejandría y Siena y, por último, mediante unas matemáticas que escapan por completo a mis módicos alcances, obtuvo como resultado la cifra de 40.000 kilómetros, que es, aunque usted no lo crea, el diámetro exacto de la Tierra calculado con los más modernos computadores. Eratóstenes se las traía.

Pero, ¿qué tiene que ver eso con la lectura? Pues que el astrónomo escribió en unos papiros todas y cada una de estas asombrosas operaciones, y guardó su libro en una estantería de la biblioteca, donde fue consultado los siguientes cuatrocientos años, hasta que en el siglo VII después de Cristo el sultán Mohamed II, instalado en Alejandría con sus ejércitos ordenó a la soldadesca que incendiara la biblioteca porque, según él, ningún conocimiento humano podía ser superior al de Alá y, por tanto, aquel centro del saber era una blasfemia contra Dios mismo. Como consecuencia de ello la humanidad estuvo dando tumbos durante casi mil años hasta que, ya en el siglo XV, Cristóbal Colón, basado en los cálculos de Eratóstenes, conocidos por él debido a las copias que los sabios árabes hicieron previamente al incendio, pudo demostrar con su viaje a nuestra América que el sabio griego tenía toda la razón del mundo.

Cuánto hubiera querido yo tener un profesor de física que me enseñara de esta forma la importancia de los libros para la evolución del pensamiento humano. Pero no lo tuve, pues los que recuerdo estaban más interesados en que nos aprendiéramos de memoria unas fórmulas que nadie entendía. Y cada vez que oigo hablar de políticas, estrategias y planes de lectura me pregunto: ¿habrán cambiado las cosas? ¿Sabrán nuestros jóvenes acerca de la trascendental relevancia que tuvo el libro de Copérnico, La revolución de las órbitas celestes, en la fundación misma de la ciencia moderna? ¿Sabrán que Galileo fue llevado a juicio, y estuvo a punto de ser torturado en el potro de los tormentos, porque defendió las tesis copernicanas en un libro titulado El mensajero sideral? ¿Tendrán ya clara en sus mentes la noción de que los libros no son elementos accesorios, meros adornos de una cultura humanista, sino herramientas de sobrevivencia que garantizan nuestro futuro como especie sobre este planeta? Ojalá porque ese, aunque el mensajero no sea importante, es el mensaje que debe dejar en claro una promoción de lectura medianamente comprometida con la defensa de la condición humana.

Para leer la ciudad

Repaso una y otra vez el título de este foro y me pregunto: ¿por qué es importante una ciudad lectora? Una vez más renuncio a las abstracciones y me interrogo si Barranquilla, la nuestra, esta asoleada porción del Caribe eterno, ha sido alguna vez, no una ciudad lectora, sino una ciudad leída. Y me da la impresión que la hemos leído en dos textos que no existen, o sea que la hemos leído en sueños. La leímos en el libro del pasado, cuando Marco Fidel Suárez, al inaugurar el edificio de La Aduana la llamó por vez primera Pórtico Dorado de la República, Puerta de Oro de Colombia, como la llamaría más tarde Ospina Pérez. La leemos en el pasado, en el tiempo perdido de la nostalgia y las idealizaciones, como ciudad pujante y pionera, cuna de la radio, de la aviación, del correo comercial, cifra fulgurante del arte y de la cultura. Pero también la leemos en le libro del futuro, como ciudad siglo XXI o urbe del tercer milenio, flotando como Babilonia sobre unos jardines de sueños. Donde no hemos leído a Barranquilla, estoy seguro, es en el libro del presente.

Pero la ciudad está sembrada de signos y contrastes. Lleva décadas soñando que es Miami, desde que a comienzos del siglo XX Parrish y De La Rosa urbanizaron el barrio El Prado como un modelo a escala de Coral Gables. Pero tras ese texto escrito en sueños hay otro de cuya cruda realidad habla el desempleo, los ingresos escasos, la economía informal, la ley del más vivo, la ética del rebusque, la ausencia de dolientes y una tendencia cada más obvia a convertirse en un pasadizo del Far West, donde proliferan los burdeles, las casas de citas y las cajas de cambio a un ritmo tan vertiginoso que si fuera el de las bibliotecas ésta sería sin duda una de las ciudades más cultas del mundo entero, la nueva Alejandría. Es fundamental, para que empecemos a construir una ciudad del presente, leída desde el aquí y el ahora, que nos ocupemos en formar lectores. Un lector, en contra de lo que muchos creen, no es una especie en vías de extinción sino la especie por excelencia, destinada a poblar la tierra del futuro

Fuente:

ForoLectura

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