viernes, septiembre 08, 2006

26. La triada: libro - texto - lectura

Entrevista a Roger Chartier

- Como historiador, ha centrado usted su trabajo en la tríada libro-texto-lectura. Uno de los aspectos más complejos es la reconstrucción de los modos en queson leídos los libros. El primer momento capital sería la aparición de la lectura silenciosa.

- En efecto, la posibilidad para lectores cada vez más numerosos de leer silenciosamente, sólo con los ojos, sin necesidad de oralizar el texto. Durante la edad media, la lectura silenciosa se da sólo en los scriptoria de los monasterios entre los siglos VII y IX, luego se extiende a las escuelas urbanas y a las universidades en los siglos XII-XIII y, finalmente, a la aristocracia laica en los siglos XIV-XV.

Todavía hoy, en los países desarrollados, la necesidad de leer en voz alta es uno de los índices que miden el grado de alfabetización; en la Francia contemporánea, por ejemplo, un 12 por ciento de los reclutas que hacen el servicio militar debe recurrir a la lectura en voz alta para comprender un texto. Respecto a la lectura silenciosa, existen dos discusiones. Una es sobre la antigüedad. Para los letrados del mundo antiguo, la lectura en voz alta era más bien una práctica social y cultural impuesta por los géneros textuales, pero los individuos cultos leían en silencio desde el siglo VI aC. En este sentido, hay una fractura entre la antigüedad y la edad media. La segunda discusión trata sobre aquellas prácticas de la escritura que no implicaban la lectura y es una aportación de la historia de la escritura italiana. Los manuscritos de los monasterios recogían textos de la tradición o normas y derechos, pero eso no comportaba una
lectura en el sentido de frecuentación de los textos. Es, como dice Petrucci, un escribir sin leer, un escribir para conservar, para crear un tesoro de textos capaces de legitimar unos derechos o la presencia de la palabra sagrada, de la Escritura. Todo cambia con las escuelas urbanas, donde la escritura sí es para leer. Cambia la forma del propio manuscrito, y se acumulan los comentarios y las glosas alrededor de un texto central, sea jurídico o religioso. Cambia la manera material de producir los textos en los nuevos talleres urbanos y cambia incluso el método de aprendizaje de la lectura, desde el desciframiento de la literalidad a la comprensión del texto.

- La segunda revolución se produciría en el siglo XVIII, con la diferenciación entre lectura intensiva y extensiva. ¿Hasta qué punto puede afirmarse que en esa época se produce una división tajante entre ambas prácticas de lectura?

- Ésta es una distinción clásica, identificada por los historiadores alemanes, pero discutida hoy. En la lectura intensiva, los lectores están frente a un conjunto cerrado y estable de textos, y la relectura es memorización, frecuentación repetida de los mismos textos, más que un viaje por la novedad. A partir del siglo XVIII, el incremento en la producción de libros y periódicos, las nuevas posibilidades de leer sin comprar, como los gabinetes de lectura y las librerías de préstamo, posibilitan un nuevo tipo extensivo de lectura, que acumula las lecturas, busca la novedad, desarrolla una distancia crítica con la autoridad.

Se puede discutir si este fenómeno nace en el siglo XVIII, ya que, por ejemplo, el lector culto del Renacimiento es también un lector extensivo, lee diversos libros al mismo tiempo porque las técnicas intelectuales, como la práctica de los «lugares comunes», se basan en la acumulación de fragmentos. A la inversa, la literatura dieciochesca de cordel, la Bibliothèque Bleue, los chapbooks, son objeto de una lectura intensiva. Al mismo tiempo, en el caso de autores como Goethe, Rousseau o Bernardin de Saint-Pierre, los novelistas ingleses, la literatura parece exigir un lector intensivo. El lector de El joven Werther, por ejemplo, lee ese libro como antes se leyeron los textos religiosos, y se establece una relación muy fuerte entre su subjetividad y las enseñanzas del texto.

Sin embargo, creo que el concepto de resolución de la lectura tiene sentido aplicado al siglo XVIII en la medida en que los lectores tomaron conciencia de una nueva forma de lectura que, por un lado, presta menos atención al texto, es más frívola, pero que, por otro, implica también un ejercicio de crítica, una actitud que pone en duda la enseñanza tradicional, que permite el ataque a la autoridad. Hay tanto una desacralización de los textos nuevos como una nueva lectura de los textos canónicos, una presencia crítica del lector frente a los mensajes que transmiten.

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