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viernes, septiembre 08, 2006

46. "Las vueltas que da lo escrito" por Roger Chartier

46. Las vueltas que da lo escrito
Roger Chartier



Autor de Historia de la lectura, El orden de los libros, y Las Revoluciones de la cultura escrita, su más reciente obra publicada en español, entre otros, el francés advierte en entrevista sobre la ambigua jerarquía, que implica la proliferación de textos electrónicos y señala la importancia de formar gente con espíritu crítico, para que pueda transformar y asimilar con una postura definida, este mundo, donde la palabra escrita sobrevivirá en diversidad de soportes.


Eduardo Castañeda H.

Entusiasta y descreído, en esta época de dramáticas convergencias, así es Roger Chartier, pilar de la historia cultural de este lado del mundo, con más de veinte obras publicadas, especializado en el amplio mundo del libro y la palabra escrita.
Autor de Historia de la lectura (Taurus), El orden de los libros, y Las Revoluciones de la cultura escrita (Gedisa), su más reciente obra publicada en español, entre otros, el francés advierte en entrevista realizada en Guadalajara, durante la Feria Internacional del Libro de esta ciudad, sobre la ambigua jerarquía, que implica la proliferación de textos electrónicos y señala la importancia de formar gente con espíritu crítico, para que pueda transformar y asimilar con una postura definida, este mundo, donde la palabra escrita sobrevivirá en diversidad de soportes.
Pero no sataniza ni viste de áureas predicciones el presente, ni el futuro que espera a la palabra escrita. Para él, es significativo que en una época en que un libro se negocia como se hace con los jugadores de futbol, con cantidades millonarias de dinero, sea la misma época en que por otra parte se inventa una nueva forma de comunicar, como Internet, que quien ahora la puede utilizar, puede interactuar de manera libre, en paralelo a la visión del mundo que domina, cosa que nunca antes había sido posible a esa escala del planeta.
¿Qué es lo que podemos esperar a partir del almacenamiento de la historia del hombre, en medios electrónicos o digitales, qué cambia con esto?
Qué podemos esperar... quizás lo peor o lo mejor. Lo mejor sería, para retomar la palabra de almacenamiento, suponiendo que los textos ya escritos, ya impresos, fueran transformados en textos electrónicos, la posibilidad por lo menos teórica, utópica, de la biblioteca universal, que se puede utilizar a distancia. Es la primera vez en la historia de la humanidad que es pensable algo así, no digo que va a realizarse, pero es algo que se piensa y que puede hacerse.
Al mismo tiempo, como lo sabemos, cuando hay proliferación, abundancia textual, siempre existe, con el texto electrónico de una manera más aguda, el riesgo de la confusión, de la posibilidad de tomar este mundo como verídico, en el que el control sobre la autoridad, la veracidad se hace más difícil que en el mundo de la cultura impresa o manuscrita. De esta manera el tema del exceso de textos, un tema clásico desde la Edad Media, reforzado después de la invención de la imprenta, se plantea con una fuerza inaudita en el mundo de la textualidad electrónica. Y es entre este sueño pensable de la biblioteca universal y el temor comprensible del exceso textual, que se sitúa el diagnostico del presente.
Hay en este “sueño pensable” el problema de la caducidad del soporte en el cual quedan guardados los textos. Quién sabe si dentro de diez años podamos leer lo que se grabó en un CD hoy...
La dimensión técnica es fundamental. Es decir que por un lado, nadie conoce bien la duración de la permanencia de algunos soportes electrónicos, y lo temen algunos bibliotecarios que no caen en la utopía de la perpetuidad asegurada por el soporte electrónico, y por otro lado, lo hemos visto con las primeras generaciones de textos electrónicos, cómo cambian rápidamente los aparatos, la imposibilidad de leer archivos electrónicos porque ya no hay más los aparatos para hacerlo. De esta manera hay doble riesgo de desaparición.
De viva voz
“Al mismo tiempo, como lo sabemos, cuando hay proliferación, abundancia textual, siempre existe, con el texto electrónico de una manera más aguda, el riesgo de la confusión”
“En todas las bibliotecas del mundo no son los libros del siglo XVII los que están en peligro de desaparición, ni siquiera los manuscritos del siglo XIII, son los publicados entre finales del XIX y primera mitad del 20”
“Toda esta cadena se fundamenta en la materialidad de los objetos: una carta, una revista, un diario, un archivo no corresponden a los mismos usos y no están investidos con la misma autoridad. Mientras que en la continuidad textual que ofrece el texto electrónico hay un aparato único, la computadora, para todos los textos”
“Una confusión textual que hace que porque un texto o una información puede ser consultada en la red, está investido de cierto grado de autoridad y se considera como una información verdadera”
“Es el momento en que se negocian libros, como se negocian jugadores de futbol entre las empresas, que se ha inventado una técnica que permite, por ahora a los que ya pueden utilizarla, de reconstruir algo mucho más desinteresado, colectivo, gratuito. De ahí también una tensión fundamental, y me parece útil, porque puede influir en el sector capitalista, mercantil, de la producción y circulación escrita”
“De ahí me parece un porvenir incierto del mundo digital, porque a la vez puede seguir reflejando las desigualdades ya establecidas o, por la intervención de los ciudadanos, de los poderes, de las empresas, puede reducirse la distancia. Es como una meta fundamental de este futuro”

Eso es algo que no sucedía con el papel ¿o sí?

En general el papel resistía más. Un momento difícil para el papel fue entre 1870 y 1940 o 1950 cuando se utilizó para los libros, para los más baratos, un papel cuyo nivel de acidez era muy fuerte. En todas las bibliotecas del mundo no son los libros del siglo XVII los que están en peligro de desaparición, ni siquiera los manuscritos del siglo XIII, son los publicados entre finales del XIX y primera mitad del 20. Ahora ya hay programas para reducir la acidez de estos libros para mantenerlos, pero hay calidades absolutamente catastróficas de esta producción libresca. Pero en general el papel era un soporte cuya duración era más fuerte que lo que podemos tener en el soporte electrónico.

¿Qué implicación tiene para la forma de aprender, ahora que se presenta una gran variedad de fórmulas de texto electrónico?

Esta es una pregunta que siempre voy a contestar de una forma ambivalente. Por un lado claramente se ha mostrado a través de experiencias pedagógicas que la utilización de la computadora en la clase puede hacer más eficaz el aprendizaje de la corrección gramatical o sintáctica. Por otro lado, esta posibilidad de acceso a múltiples textos en una forma numérica o digitalizada que permite multiplicar la difusión del conocimiento. Además, está la posibilidad de una práctica de escritura frente a la pantalla, que también puede ayudar al aprendizaje de la comunicación escrita. Y todo esto, me parece, define el papel que puede y debe desempeñar la nueva tecnología dentro del mundo escolar.
El riesgo que corresponde a esto es el riesgo de la confusión y pérdida de la jerarquización. Porque en el mundo de la cultura impresa es claro que hay objetos que identifican clases de textos, cierto grado de autoridad de estos textos y finalmente, usos. Y toda esta cadena se fundamenta en la materialidad de los objetos: una carta, una revista, un diario, un archivo no corresponden a los mismos usos y no están investidos con la misma autoridad. Mientras que en la continuidad textual que ofrece el texto electrónico hay un aparato único, la computadora, para todos los textos. Por otro lado la semejanza formal de estos textos, y en tercer lugar la posibilidad para cada uno de publicar en la forma electrónica, en la red, lo que quiere, hace más difícil la percepción de esta jerarquía entre géneros, entre autoridad de los textos, inclusive en relación con la fuente misma de donde vienen. Y como lo vemos, con un riesgo de una confusión textual que hace que porque un texto o una información puede ser consultada en la red, está investido de cierto grado de autoridad y se considera como una información verdadera. Ahí hay una desafío muy fuerte. Se ve en la práctica pedagógica en las universidades, en Estados Unidos, en que los estudiantes componen sus papers copiando textos, sin hacer una crítica de la fuente.
Si se busca, por ejemplo, con un motor de búsqueda algo sobre el holocausto, la exterminación de los judíos durante a Segunda Guerra Mundial, lo que se recibe más son los textos de la propaganda revisionista, que niega la existencia de esos hechos. Y todo esto aparece con el mismo grado de autoridad que otros textos.

¿Qué hay de la brecha del conocimiento que se abre, provocada por una brecha tecnológica, entre los países, entre las personas?

Exactamente. Hay un mundo electrónico que refleja hoy en día las desigualdades socioeconómicas del desarrollo. 50 por ciento de las direcciones electrónicas están ubicadas en países anglófonos, 5 por ciento en países de habla española, que refleja inmediatamente una desigualdad socioeconómica. Y al mismo tiempo, en cada país, si existieran las encuestas sobre la propiedad o el uso de la computadora, se manifestaría inmediatamente la desigualdad.
Este es un tema que se usa para rechazar todo idea de globalización, que es un discurso de moda. Hay una imposición de globalización, sí, por supuesto, pero la experiencia de algo compartido no existe. Y el problema es de saber si va a profundizarse esta brecha o si va a reducirse. De ahí me parece un porvenir incierto del mundo digital, porque a la vez puede seguir reflejando las desigualdades ya establecidas o, por la intervención de los ciudadanos, de los poderes, de las empresas, puede reducirse la distancia. Es como una meta fundamental de este futuro.

¿Esto no ha cambiado mucho en la historia, verdad? Los que tienen el conocimiento son los que más tienen económicamente...

Sí, pero la historia de la cultura impresa demuestra que aunque hay gente que tenía el poder económico, particularmente el poder de imprimir libros, o que había clases dominantes que tenían bibliotecas más completas que otras, la tendencia fue hacia el involucramiento en el mundo del conocimiento de medios cada vez más amplios, más populares a través de la alfabetización, de la escolarización. De esta manera, el reconocimiento de las desigualdades no impide la observación de un proceso de democratización. El problema es saber si esta tensión, entre el control por parte de los más poderosos y la tendencia hacia una democratización del mundo electrónico, va a operarse de una manera paralela a la manera en que se desarrolló la cultura impresa.

Ahí juega un papel importante la idea de que la necesidad comercial democratiza ¿no?

Sí, porque hay una ambigüedad, otra vez una ambivalencia... por un lado permite el control por parte de las empresas más poderosas que construyen bancos de datos, sitios web... pero por otro lado, a los que tienen acceso a una computadora, les permite una comunicación diversa, libre, gratuita, sin control, y eso es algo nuevo, porque antes, por ejemplo, una persona no podía imprimir un libro. Había la mediación de la edición, la técnica, la impresión, mientras que ahora, en este mundo, cada uno puede comunicar ideas, etcétera, que permite mantener fuera del control económico una comunicación más libre, con el riesgo que mencionaba. Es decir, que es posible comunicar sus pensamientos, sus creaciones, pero al mismo tiempo es posible comunicar son control, falsificar información, propaganda intolerante...

Un reto entonces sería formar a la gente con un espíritu más crítico, que la capacite para poder moverse en esta red de comunicación...

Es la misión que deben cumplir, me parece, los media, la escuela, las instituciones. Es decir, procurar a los individuos una capacidad crítica y la posibilidad de mantenerse a distancia, en la recepción de todo lo que les viene a través de los medios clásicos: televisión, prensa, radio o través de estas nuevas formas de información y telecomunicación electrónica.

¿Cree que esta misión se esté cumpliendo?

Espero que sí. En general, lo que hacen los maestros en todo el mundo, en las escuelas, va en esta dirección de comunicar aprendizaje para entrar en el mundo de la cultura escrita o de la sociedad, con herramientas para adoptar una postura crítica, para evitar que los individuos sean totalmente dominados por los discursos o las imágenes que se imponen. Pero la escuela no debe pensarse como la todopoderosa, también están la familia, los media, el espacio público, donde siempre hay tensiones y contradicciones, pero me parece que instituciones clásicas como la escuela, como la biblioteca, deben intentar desempeñar de la mejor manera posible este papel de transmisión de un conocimiento, y más, de una competencia crítica.

Nunca antes el valor económico de los textos había sido tan importante, ¿qué implicaciones tiene esto?

Pero al mismo tiempo, en este mundo, hoy en día, se ha introducido una forma de comunicación gratuita, mientras que en el mundo de lo impreso únicamente la comunicación manuscrita era gratuita, con todos los límites de la circulación.
Por otra parte, en el mundo de la cultura impresa, para los best-sellers, son negociaciones de un gran impacto económico. Además, es el momento en que se negocian libros, como se negocian jugadores de futbol entre las empresas, que se ha inventado una técnica que permite, por ahora a los que ya pueden utilizarla, de reconstruir algo mucho más desinteresado, colectivo, gratuito. De ahí también una tensión fundamental, y me parece útil, porque puede influir en el sector capitalista, mercantil, de la producción y circulación escrita.
De tal manera que no veo nuestro mundo como peor que los otros. Es un mundo más ambivalente. Porque cosas que estaban anteriormente separadas, se encuentran en el mismo soporte, en el mismo aparato y tecnología. De ahí la dificultad de los diagnósticos y la tendencia a escribir una leyenda negra, y una leyenda áurea, de la tecnología. Todo esto viene de la ambivalencia fundamental, que hemos ilustrado en esta conversación.



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42. "EL LIBRO ES ESENCIAL PARA DEMOCRATIZAR EL CONOCIMIENTO"

42. "EL LIBRO ES ESENCIAL PARA DEMOCRATIZAR EL CONOCIMIENTO"
 

ROGER CHARTIER


El destacado historiador se encuentra participando en las II Jornadas de Historia de 
las Mentalidades convocadas por la Universidad de Chile. De paso, el viaje le sirvió para cerrar un capitulo personal de su vida.


Por Mario Rodríguez Ordenes
Periodista
excitatus@gmail.com

Agosto 2006

"Me produce una profunda emoción estar en Chile", precisó el historiador Roger Chartier durante la conversación con Vértice2000. "Como muchos de mi generación fuimos impactados por los acontecimientos del 11 de Septiembre de 1973. La Moneda bombardeada; el funeral de Pablo Neruda, son imágenes que no se han borrado de mi memoria. Y, ciertamente, con este primer viaje a Chile he cerrado un ciclo de mi vida".
Roger Chartier, - Lyon, 1945 – está considerado como uno de los más relevantes representantes de la última generación de la Escuela de los Annales. Su trabajo historiográfico se ha centrado en los últimos años en la historia cultural e intelectual, especialmente, en el estudio de la articulación de lo escrito, el libro como objeto impreso y las prácticas de lectura. "No soy un historiador del presente. Mis intereses están vinculados a los siglos XVI – XVII y XVIII", dice mientras apura un vaso de agua mineral . Profesor de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales en París, Chartier también pasa parte del año en Universidades de Estados Unidos. Pese a ello tiene una mirada crítica sobre su tiempo… "Es inevitable", dice, mientras comenzamos la conversación.

LAS MENTALIDADES

Roger Chartier estuvo participando en las II Jornadas de Historia de las mentalidades, Organizadas por la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile, en homenaje a Rolando Mellafe Rojas. "Valoro mucho el esfuerzo de la Universidad de Chile por realizar este encuentro y me sorprendo por la nula ayuda que recibieron de la embajada francesa en Santiago. Es una vergüenza".
Decisiva en la formación de generaciones de historiadores chilenos, Chartier indica que "la influencia de los Annales en Chile se entrecruzó con otras lecturas, como la aplicación del psicoanálisis, de acuerdo al modelo estadounidense, algo no tan utilizado por los franceses. Esto se puede ver, por ejemplo, en la obra del profesor Mellafe y resulta muy interesante"

¿En qué momentos está actualmente la Escuela de los Annales?

"Hoy resulta difícil de hablar de la Escuela de los Annales como algo homogéneo. El mundo de los historiadores en la actualidad es muy diverso y múltiples estudiosos siguen diversas líneas. Lo que si se mantiene es el impulso inicial en un mundo muy fragmentado y que cruza fronteras".

LOS SUEÑOS DEL 68

Roger Chartier rememora que la experiencia chilena del 73 fue muy importante para su generación, "porque satisfacía el anhelo de alcanzar una democracia más abierta respetando los principios democráticos. Algo, ciertamente, muy presente en el movimiento del año 1968"…

Un mundo más optimista

"Sí. En esos años era clara la yuxtaposición de un deseo de libertad con algunas experiencias políticas autoritarias, como sucedía en China. Algo al que nadie podía aspirar. Y eso explica la atracción de lo sucedía en Chile y que se interrumpió abruptamente en 1973".

¿Su mirada hacia el mundo es un tanto pesimista?

"No. Siempre podemos tener un pensamiento crítico que permita una relación más lúcida con el mundo en que vivimos. Y estoy convencido que hay posibilidad real, aun que un tanto limitada, de transformar las manera de pensar, y de modificar el funcionamiento de las instituciones".

De haber nacido antes de 1945 sería más pesimista…

"Es verdad… Nací en diciembre de 1945 y ese no es un detalle menor. Mi horizonte de pensamiento está más marcado por el movimiento de 1968".

OFICIO Y OBRAS

Autor de una obra conocida mundialmente, Roger Chartier ha escrito, entre otros libros, "El mundo como representación" (Gedisa, 1992); "Libros, lectores y autores" en la Edad Moderna" (Alianza,1993), El Orden de los Libros: lectores, autores, bibliotecas en Europa entre los siglo XV y XVIII", (Gedisa, 1994), "Espacio publico, crítica y desacralización: los orígenes culturales de la revolución francesa", (Gedisa, 1995)…

Roger, en todos sus libros precisa que "no sólo hay que estudiar el significado de los textos"….

"Exactamente. Mi análisis parte considerando la materialidad de los objetos culturales y de su participación en los procesos sociales. Y claramente no sólo hay que estudiar el significado de los texto, sino del fenómeno de apropiación"…

¿En qué consiste este fenómeno?

"La apropiación implica un uso y unas prácticas alrededor de los objetos culturales dentro de un determinado contexto histórico. En su dimensión material, los objetos culturales – no solamente los libros – son producidos, transmitidos y apropiados. Este es mi campo de trabajo como historiador".

¿Cuál es la línea reflexiva implícita en su obra?

"Surge de la reflexión de cómo lo escrito, desde fines de la Edad Media, transforma toda la cultura europea, difunde nuevas formas de socialización y nuevos modos de estar en el mundo. La sociedad modifica sus comportamientos, en tanto los libros transmiten reglas y prescripciones públicas e imponen nuevas prácticas en la intimidad".

EL LECTOR CONTEMPORANEO
En un proceso de cambio el libro juega un rol fundamental…

"Claro, porque la palabra viva y lo escrito son la manera de comunicar este pensamiento crítico. Cuando se construye un saber irrumpe la necesidad de compartirlo. Y en ese aspecto el libro es esencial para democratizar el conocimiento. Un libro, por cierto, que tiene distintos soportes…".

Usted apunta a que la apropiación es un fenómeno muy dinámico…

"Efectivamente. Pensemos en una obra escrita, su forma de publicación y el sentido que le da el lector… En este proceso siempre hay una tensión. Además, a diferencia de la escritura, la inmensa mayoría de las lecturas no deja huellas y esa es la dificultad para el historiador, que debe recorrer las diferentes situaciones de producción y recepción de los textos…".

Señala usted que el lector siempre tiene la posibilidad de hacer propia esa lectura, de darle su propio sello…

"Exactamente. El lector tiene ciertas imposiciones, como la forma material del libro; las formas sociales de lectura de su comunidad… De esta manera la libertad de la lectura siempre está constreñida, pero al mismo tiempo siempre hay un espacio para el lector, para un viraje…".

Eso implica que estamos a salvo de un mundo mencionado por George Orwell, en "1984" un mundo totalitario en extremo…

"Espero que sí. En los años 60 y 70 se creía en la fuerza todopoderosa de los mass media. Afortunadamente no es así. Los lectores siempre pueden, aunque no necesariamente lo hagan, interpretar de una manera inesperada el texto…".

EL DESAFIO DIGITAL…
El lector contemporáneo tiene la particularidad de hacer posible lo que postulaba Kant, es decir, cada lector puede como escritor, lector, participar en un diálogo extendido a la dimensión de un espacio público universal en propuesta de transformaciones…

"El lector contemporáneo es clásico al leer el diario impreso en su soporte tradicional, pero también tiene otro soporte, el digital… Además, tiene una materia legible infinita… Todo ello hace complejo definir al lector contemporáneo… Pero si puedo decir, que contrario a lo que se dice comúnmente, nunca se ha leído más que ahora… El problema es cómo se lee, qué se lee y por qué se lee".

¿Y qué pasa realmente?

"Hay un desplazamiento de lectura hacia otros soportes para la lectura"…

Tanta posibilidad de leer deja poco tiempo para la reflexión…

"Ese es uno de los problemas. Como le decía el problema no es la falta de lectura, sino que falta un orden de los libros. En el mundo de los libros impresos es claro que se le va a otorgar criterio de conocimiento verdadero a trabajos universitarios, ¿pero en el mundo electrónico tenemos un mundo infinito en que no hay posibilidad de discriminar".

¿Cómo elegir para que no resulte una restricción autoritaria?

"Las instituciones democráticas: Escuelas, Mass Media, Bibliotecas son instrumentos que pueden desempeñar este papel pedagógico para descifrar el orden de los libros…".

Le insisto, ¿siempre hay un peligro totalitario?

"Depende de las situaciones. Pienso que en el diagnóstico un poco sombrío que podemos tener del mundo contemporáneo algo que debería tranquilizarlos es que ese peligro era más evidente en los años 30 o en los años 70, como lo hemos visto en América Latina".

LAS DESIGUALDADES…

Roger Chartier sostiene que es decisivo para afianzar una sociedad democrática "el uso gratuito de la red electrónica para la comunicación entre las personas, para la construcción de un espacio público o para la difusión del saber".

Sin embargo, es imprescindible superar las grandes desigualdades en el acceso a las nuevas tecnologías…

"Es vital superar las desigualdades de acceso a la tecnología en una sociedad dada. Desigualdades que son económicas y culturales. Hace poco tiempo un estudio demostraba que el cincuenta por ciento de las direcciones electrónicas están ubicadas en países de lengua inglesa lo que no refleja el equilibrio demográfico en el mundo".
Roger Chartier concluye que la idea de una universalidad de un conocimiento compartido es posible, pero debemos reflexionar acerca del acceso posible a ella y la jerarquización de los textos.

¿Es un tiempo esperanzador?

"Es un tiempo de maravillosas oportunidades para democratizar el conocimiento. Y eso sería un gran avance en la humanidad".

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40. Roger Chartier:el libro, diálogo infinito e inagotable con lector

40. Roger Chartier:el libro, diálogo infinito e inagotable con lector
Cultura-libros 21-11-2005



El historiador francés Roger Chartier dijo hoy que 'la literatura es inagotable, por la sencilla razón de que lo es el libro', que constituye 'un diálogo infinito con el lector, con la entonación que éste pone y con las imágenes que le deja en su memoria'.


Chartier, director de estudios de la Escuela de Altos Estudios de Ciencias Sociales de París, pronunció hoy en el Círculo de Bellas Artes de Madrid una conferencia titulada 'Qué es un texto', en la que repasó la historia del libro y lo que para las sociedades ha significado a lo largo de los tiempos.

Autor de 'Historia de la lectura en el mundo occidental', editado por Taurus en 1998, Chartier es uno de los máximos representantes de la última generación de la Escuela de los Annales, y su trabajo se ha centrado en la historia intelectual del libro como objeto impreso y de las prácticas de lectura.

En el año del centenario del Quijote, el Círculo de Bellas Artes ha querido reunir a este especialista con españoles como Fernando Bouza, catedrático de Historia Moderna de la Complutense, Pedro Cátedra, catedrático de Literatura Española de Salamanca y Antonio Rodríguez de las Heras, de Historia Contemporánea de la Universidad Carlos III, para que, finalizada la conferencia, debatieran juntos.

En sus investigaciones y planteamientos teóricos y metodológicos, Chartier introduce aspectos ignorados o dejados tradicionalmente de lado por la crítica, como cuando afirma que el historiador no debe sólo estudiar el significado de los textos, sino la forma en que sus destinatarios se 'apropian de ellos', los hacen suyos; el uso y las prácticas que se desarrollan alrededor de los objetos culturales.

'La producción, no sólo de los libros, sino de los textos mismos, es un proceso que, más allá del gesto de la escritura, implica diferentes momentos, diferentes técnicas, diferentes intervenciones: las de los copistas, los libreros editores, los maestros impresores, los cajistas, los correctores', afirmó el conferenciante.

En ese sentido, en su charla de hoy, este teórico francés recordó que, mientras para algunos, las diferentes formas en las cuales fue publicada una obra deben ser consideradas 'como sus encarnaciones históricas' y deben 'respetarse, editarse y comprenderse en su irreductible diversidad', para otros -'como Francisco Rico respecto del Quijote'- es necesario 'recuperar el texto tal y como su autor lo compuso, imaginó y deseó' remontando sus sucesivas deformaciones.

Esa misma tensión entre 'inmaterialidad y materialidad' de las obras caracteriza las relaciones del lector con los libros que, al leerlos, hace suyos, señaló Chartier.



Terra Actualidad - EFE
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35. Cultura Escrita, literatura e historia

35. Cultura Escrita, literatura e historia
Roger Chartier

Coordinación didáctica: profesora Silvia Gojman
Para uso de profesores del tercer nivel de la EGB, Polimodal y formación docente
Distribución gratuita



CHARTIER, Roger: Cultura escrita, literatura e historia
Espacios para la lectura. Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 1999.

¿Por qué recomendamos la lectura de este libro?

Este libro es interesante para todos aquellos que quieran comprender los procesos culturales y, muy especialmente, la cultura escrita, la lectura y sus prácticas a lo largo del tiempo histórico. Pero además, tres aspectos de la obra hacen que sea de especial interés para docentes, bibliotecarios e investigadores: trata de la cultura escrita y éste es uno de los campos de acción de la educación; trata del origen y configuración de algunas prácticas que hoy en día nos resultan cotidianas y que se inscriben dentro del ámbito del libro y de las bibliotecas; y por último habla del trabajo científico, de la investigación en el campo de las ciencias sociales.

Detrás de la obra de Chartier hay, como señala Daniel Goldin, una mezcla de "reflexión metodológica y teórica con una rigurosa investigación empírica". La luz que sus investigaciones arrojan sobre fenómenos del pasado nos ayuda a relativizar y a comprender hechos presentes, nos sugiere acercamientos diversos y anima a nuevas investigaciones.

Notas sobre el autor
Roger Chartier, historiador francés, es director de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París, director del centro Alexandre Koyré y miembro de diversos consejos editoriales. Ha dictado seminarios, cursos y conferencias en las universidades más importantes del mundo. Es una autoridad mundial en la historia del libro y de la lectura, y ha dedicado sus investigaciones especialmente a las prácticas culturales en las sociedades del Antiguo Régimen. Entre sus numerosos libros, se destacan: Los orígenes culturales de la Revolución francesa; Libros, lecturas y lectores en la sociedad moderna; Lecturas y lectores en la Francia del Antiguo Régimen; Escribir las prácticas. Foucault, De Certeau, Marin e Historia de la lectura en el mundo occidental (en colaboración con Guglielmo Cavallo). Sin duda, se trata de uno de los historiadores que más ha influido en la proyección de la historia de la cultura durante los últimos años.
Síntesis de la obra

Cultura escrita, literatura e historia es un libro nacido de las conversaciones de Roger Chartier con cuatro integrantes del campo intelectual mexicano, Carlos Aguirre Anaya, Jesús Anaya Rosique, Antonio Saborit y Daniel Goldin. Como advierte este último en la página liminar, no se trata de un libro de lectura fácil. En efecto, la sólida obra de Roger Chartier y la formación interdisciplinar de sus interlocutores son el basamento del intenso intercambio de ideas que nos exige a los lectores un gran esfuerzo de atención. Así, el libro se propone responder dos interrogantes: ¿cómo comprender los cambios de la cultura escrita en una perspectiva de larga duración? y ¿cuál es el lugar de la literatura entre los discursos que produce y recibe una sociedad?

Las cinco jornadas en las que se desarrollaron estas conversaciones ofrecen un material que nos adentra en la obra del historiador y nos permite entender las vinculaciones entre las diferentes ramas de las ciencias sociales en torno de las temáticas abordadas, así como replantear la importancia del lector y de las "formas de lectura" para comprender las obras literarias.

La primera jornada, "La cultura escrita en la perspectiva de larga duración", hace un recorrido por los cambios que han acontecido al "objeto libro" desde el punto de vista de su forma, así como a las transformaciones en su producción (los agentes que intervienen y las técnicas empleadas para producirlos y reproducirlos) y en las prácticas de la lectura.

En la segunda sesión, "Los espacios de la historia del libro", se hace un análisis de la evolución que ha tenido el libro, y su historia en el viejo mundo europeo y en las sociedades americanas. Aquí aparecen conceptos como centro y periferia, revoluciones y colonizaciones, apropiaciones y traducciones, entre otros.

En las jornadas tercera y cuarta, "Literatura y lectura" y "Prácticas privadas, espacio público" respectivamente, se trata de situar los diversos usos estéticos, privados o públicos de la escritura y, después, de la impresión. Se insiste en la importancia que tienen los lectores y cómo las lecturas cambian el significado de los libros. Se sigue así la reflexión de Borges sobre los lectores y los libros: "Nadie baja dos veces al mismo río porque las aguas cambian, pero lo más terrible es que nosotros no somos menos fluidos que el río. Cada vez que leemos un libro, el libro ha cambiado, la connotación de las palabras es otra". En la cuarta jornada se analizan los cambios acontecidos por la circulación de lo escrito y las nuevas prácticas de lectura que se instauran con la Revolución francesa, así como los cambios sufridos por la prensa periódica a partir de la segunda mitad del siglo XIX.

Todo esto nos prepara para la quinta jornada, "La revolución del texto electrónico", en donde se repasan las nuevas prácticas, usos y concepciones de lo escrito a partir de las nuevas tecnologías, esto es, qué significa leer y escribir en el siglo XXI. Así, los interrogantes son: cómo pensar en este presente la creación estética, la identidad del texto, la sumisión o la libertad del lector y, finalmente, la definición del espacio público y la relación con los poderes.

Finalmente, el libro se cierra con un epílogo que reflexiona sobre las maneras de escribir la historia y las responsabilidades de los historiadores, "Las prácticas de la historia", porque tal como lo anuncia el propio Roger Chartier en el prólogo: "No es propio de una buena comedia sino que concluya con un epílogo destinado a captar la benevolencia de los espectadores".

Proyecciones
Vinculación de los temas del libro con los CBC
Esta sección está dirigida particularmente a los docentes formadores, a los alumnos de profesorados y a los docentes en general. Por esa razón, a continuación se ofrece la relación que el libro guarda con los CBC de Lengua y Literatura, para la Formación Docente de Grado de Nivel Inicial, Segundo Ciclo y Tercer Ciclo.


LENGUA Y LITERATURA

Bloque 1: contenidos básicos

Bloque 2:
la enseñanza y el aprendizaje

Bloque 3:
la práctica de la enseñanza

Bloque 4:
comprensión y producción

La literatura como ficcionalización.

Literatura oral y literatura escrita.

Literatura infantil y juvenil: géneros, elementos de análisis.

Criterios didácticos para la enseñanza y el aprendizaje de la literatura.

La biblioteca escolar y aúlica como fuente de recursos y exploración del universo literario.

Animación a la lectura.

Organización de propuestas de actividades de taller de lectura y escritura.

Elaboración de un proyecto de biblioteca del aula para la formación de lectores.

Valoración reflexiva, crítica y analítica de los textos literarios y no literarios.

Apreciación de la diversidad lingüística y cultural

Valoración de la identidad cultural.

Propuesta de actividades

1) A partir de la lectura de la primera jornada, "La cultura escrita en la perspectiva de larga duración" expliquen y expandan las siguientes afirmaciones. Las preguntas pretenden ser una orientación.

  1. "...la reflexión histórica y sociológica o filosófica que se dedica al tema de la lectura, del libro, de los soportes de los textos, puede vincularse con este presente quizá para corregir los diagnósticos más sombríos."

  2. ¿Por qué historiar los libros y la lectura? ¿Cuáles fueron los efectos del libro impreso? ¿Cuáles han sido las actividades del lector a lo largo de la historia? ¿Con qué argumentos es posible rebatir las posturas de quienes predicen el final de los libros?
  3. "...en la tradición de la historia de la literatura, y más allá de la historia de la literatura, muchos trabajos sobre los textos han olvidado que éstos no existen fuera de una materialidad que les da existencia."


¿Qué se entiende por materialidad de los textos? ¿Qué posición tomaron respecto de esa dimensión algunas corrientes de la crítica literaria? ¿Qué lugar ocupa la materialidad de los textos en la producción de sentido de los mismos? ¿Es posible hablar de diversidad de prácticas de lectura? ¿Por qué?

2) Considerando la segunda jornada, "Los espacios de la historia del libro", resuelvan estas consignas:

  1. En esta jornada, Chartier explica cómo en los diferentes países se realizan variados estudios sobre la historia del libro y de la lectura. Así, en los primeros segmentos de la conversación describe los ejes temáticos abordados en esas historias, según sea el país de origen.

  2. Enumeren esos ejes temáticos y observen si son constantes en la historiografía del libro y de la lectura en los distintos países, ya sean del centro de Europa o mediterráneos, ya sea que se trate de Estados Unidos o de países latinoamericanos.
    Si conocen alguna historia de la literatura, consideren la coincidencia o no de los ejes señalados por Chartier: ¿en qué ponen el acento?, ¿en los géneros?, ¿en el proceso de creación? ¿en las prácticas de lectura?, ¿en el circuito de producción?
  3. El historiador francés considera que si se quiere hacer una historia de las prácticas culturales, es necesario contemplar las distintas capacidades de lectura que dependieron, a lo largo del tiempo, de las formas de los textos.

  4. Recuperen sus comentarios al respecto teniendo en cuenta cómo se aprendía a leer hasta principios del siglo XIX en Europa, con qué textos, cómo eran esos textos, quiénes aprendían a leer, qué sucedía con los autodidactas.
    Enumeren las capacidades de lectura que debiera desarrollar un lector contemporáneo para enfrentar la diversidad de textos de circulación social, sean literarios o no literarios, propios de la vida privada o del orden de lo público, de lo laboral o del ámbito profesional. En el mismo punto considere cuál es la contribución de la escuela en el desarrollo de esas capacidades.
    3) Luego de la lectura de la tercera jornada, "Literatura y lectura", den respuesta a estas nuevas consignas:
    1. Chartier toma de la corriente llamada New historicism el concepto de "negociación" que sirve para designar la relación entre los textos literarios y los discursos sociales (religiosos, jurídicos, etcétera). Según este punto de vista teórico:


¿Qué significa que la literatura opere, en esa negociación, desplazando esos discursos?, ¿qué efecto doble produce ese desplazamiento?, ¿cómo se vincula esto con la especificidad del discurso literario y el concepto de ficción o de la literatura como artificio?
b. En un pasaje de esta conversación Chartier afirma: "Debemos analizar de manera muy precisa por qué se estudia en la escuela a unos autores y a otros no, por qué en el repertorio dramático hay autores que se representan muy a menudo y a otros son abandonados, por qué en las estrategias de publicación de los editores hay textos que son conservados y otros que son descartados."
¿Qué variables determinarán que haya libros que perduren como obras canónicas de la cultura y otras no? ¿Habrá que considerar el cruce entre las dimensiones sociológicas y lingüísticas para determinar el valor de una obra literaria o de un autor respecto de otros de la misma época? ¿Cómo se reflejan estas cuestiones en el currículum escolar?

4) Después de la lectura de la cuarta jornada, "La revolución del texto electrónico" reflexionen sobre las siguientes temáticas vinculándolas con la educación y con los niveles del sistema en los que ustedes se desempeñan:

En teoría —dice Chartier— es posible que la llegada de los libros electrónicos disponibles a través de la pantalla generen tres grandes transformaciones: escribir en el texto (someter al texto recibido a las decisiones del lector, quien podrá desplazar, cambiar el orden, introducir su propia escritura, etc.); escribir directamente en la biblioteca (será posible la simultaneidad del momento de la escritura y del momento de la lectura) y constituir una biblioteca universal (cada lector en su propio lugar podrá tener acceso al patrimonio textual universal).
a. Respecto de la lectura:
¿Cuáles serían los riesgos para el lector que se enfrente a ese almacén de textos en pantalla? ¿Qué herramientas debería proveer la escuela para que los alumnos sean lectores competentes tanto de los textos electrónicos como de los textos impresos? ¿Por qué resultaría necesaria de todos modos la conservación de los libros impresos?
b. Respecto de la escritura:
¿Cuáles son los riesgos que corren los textos electrónicos si pueden ser modificados por la escritura del lector? ¿Qué pasa con la autoría y con el sentido que el primer productor quiso asignar a su texto? ¿En qué aspectos se puede beneficiar la escritura de los propios textos cuando se escribe en pantalla?

5) Por último, establezcan algunas conclusiones y proyecciones respecto de la historia de las prácticas culturales, después de la lectura del epílogo "Las prácticas de la historia".

a. Respondan a las preguntas siguientes:
¿A qué se refiere Chartier cuando dice que hay que ver cómo el autor, el lector, el editor o el historiador podrán definir un espacio suyo, un espacio de acción, a partir de las restricciones que el momento histórico, la formación social y la herencia de la tradición nacional les impone? ¿Qué aspectos sobre la cultura escrita se ponen en juego si se consideran a cada uno de esos actores y a sus respectivas prácticas? ¿La consideración de actores y prácticas inscriptas dentro del campo de la cultura escrita desde un punto de vista histórico ofrece herramientas para comprender el porvenir, esto es, el futuro de la lectura y la escritura? ¿Cuáles? ¿Están de acuerdo con que finalmente en torno de la lectura y la escritura se establece un juego de coacciones transgredidas y libertades restringidas? ¿Por qué?
b. Piensen en algún proyecto de trabajo con la lectura y la escritura desde un punto de vista historiográfico, para desarrollar en la escuela, en alguno de los niveles y ciclos. Por ejemplo, podrán elegirse algunos de estos temas:

    • La lectura a través de los libros de lectura empleados en las distintas épocas (se recomienda hacer un relevamiento de libros de lectura que hayan sido conservados en su comunidad, en las bibliotecas, en las familias);

    • La escritura a través de los cuadernos de clase (se recomienda un rastreo de cuadernos de clase representativos de las distintas épocas).


En ambos ejemplos se tratará de tener en cuenta la materialidad de los textos en la producción de sentido, las figuras del escritor y del lector, la negociación de los textos literarios con otros discursos de circulación social, entre otros elementos que sirvan para reflexionar tanto sobre la producción como sobre la recepción.
Sugerencias en Internet

Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes Saavedra (catálogo de autores y obras universales, archivos históricos, enlaces a otras bibliotecas del mundo) www.cervantesvirtual.com
Biblioteca Virtual Universal: www.biblioteca.org.ar
Literatura argentina (noticias, entrevistas, temas especiales, biografías y textos de autores argentinos, taller de escritura colectiva de novelas on line): www.literatura.org
Revista quincenal de literatura infantil y juvenil on line (noticias sobre cursos, concursos y publicaciones de la temática, textos de autores para chicos, biografías y artículos sobre literatura y lectura: www.imaginaria.com.ar
Promoción de la lectura en niños y jóvenes: www.bancodellibro.org.ve Sitio venezolano dedicado a la difusión de los libros y la lectura.
Fundación colombiana dedicada al fomento de la lectura: www.fundalectura.org.co

Historia social de la enseñanza de la lectura y escritura en la Argentina. Universidad Nacional de Luján.
Proyecto MANES:

http://www.uned.es/manesvirtual/portalmanes.html

Proyecto de investigación de los manuales escolares producidos en España, Portugal y América Latina durante los siglos XIX y XX. UNED España.

Esta guía ha sido elaborada por Nora Solari, Profesora en Letras

TOMADO DE "ESTUDIANDO CON LOS BREVIARIOS - FORMACIÓN DOCENTE"
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33. Libros tradicionales y libros eléctronicos: Herencias y desafíos

33. Herencias y desafíos

Roger Chartier - ABC Cultural
Boletín Cegal.net – www.libreros.org. 9/noviembre/2002


Los lectores del presente son herederos de un historia de muy larga duración. El orden de los discursos tal como lo conocemos se establece a partir de la relación que asocia tipos de objetos (el libro, el diario, la revista, el cartel, el formulario, la carta, etc.) con categorías de textos y formas de lectura. Semejante vinculación resulta de la sedimentación de tres innovaciones fundamentales. En primer lugar, entre los siglos II y IV, el libro que llamamos codex, compuesto por hojas y páginas reunidas dentro de una misma encuadernación, sustituyó los rollos que leían los lectores de la Antigüedad griega y romana. En segundo lugar, en los siglos XIV y XV apareció en la cultura manuscrita un nuevo tipo de libro que contenía dentro de un mismo volumen únicamente obras compuestas por un solo autor; con anterioridad esta composición se solía dar casi en exclusiva con autoridades antiguas y cristianas y obras en latín. Finalmente, en el siglo XV, la imprenta se impuso como la técnica más utilizada para la reproducción de lo escrito y la producción de libros. Somos herederos de esta historia tanto para la definición del libro, que es a la vez un objeto y una obra, como en lo referente a una cierta percepción de la cultura escrita, que se funda sobre distinciones inmediatamente visibles entre los diversos objetos manuscritos e impresos.

Es este orden de los discursos el que transforma profundamente la textualidad electrónica. Ahora, un único aparato hace aparecer frente al lector las diversas clases de textos tradicionalmente distribuidas entre objetos distintos. Todos los textos son leídos en un mismo soporte (la pantalla del ordenador) y en la misma forma (generalmente aquella decidida por el lector). Se crea así una continuidad textual que ya no diferencia los diversos discursos a partir de su materialidad propia, y que hace más difícil la percepción de las obras como tales obras. La lectura frente a la pantalla es generalmente una lectura discontinua, que busca a partir de palabras claves o rúbricas temáticas el fragmento textual del cual quiere apoderarse sin que necesariamente sea percibida la identidad y la coherencia de la totalidad textual que contiene este fragmento. En el mundo digital todos las entidades textuales son bancos de datos que procuran fragmentos cuya lectura no supone de ninguna manera la comprensión o percepción de las obras en su identidad singular.


La revolución digital

No debemos minusvalorar la originalidad y la importancia de la revolución digital, aunque su efecto es todavía muy desigual: el 50 por ciento de las direcciones electrónicas están ubicadas en países de habla inglesa, sólo el 5 por ciento en los de habla española. Semejante revolución obliga al lector a alejarse de todas las herencias que lo han plasmado ya que se enfrenta, al mismo tiempo, a una revolución de la técnica de la reproducción de los textos, a una revolución del soporte de lo escrito y a una revolución de la percepción de los discursos. De ahí surge, a la vez, el desasosiego de los lectores, que deben transformar sus hábitos y gestos, y abandonar los criterios inmediatos, visibles, materiales, que les permitían distinguir, clasificar y jerarquizar los discursos.

¿Cómo caracterizar la lectura del texto electrónico? El ejemplo de las ediciones electrónicas de los diarios ilustra la diferencia que existe entre la lectura de los «mismos» artículos cuando se desplazan de la forma impresa, que ubica cada texto particular en una contigüidad física con todos los otros textos publicados en el mismo número, a la forma electrónica, donde se encuentran y se leen a partir de las arquitecturas lógicas que jerarquizan campos, temas y rúbricas. En la primera lectura, la construcción del sentido de cada artículo particular depende, aunque sea inconscientemente, de su relación con los textos que lo anteceden o lo siguen. La segunda lectura propone al lector textos sin otro contexto que el de su pertenencia a una misma temática.

La lectura frente a la pantalla es una lectura discontinua, segmentada, fragmentada. Si conviene para las obras de naturaleza enciclopédica, que nunca fueron leídas desde la primera hasta la última página, parece perturbada o inadecuada frente a los textos cuya apropiación supone una lectura continua y atenta, una familiaridad con la obra y la percepción del libro como creación original y coherente. El desafío y la incertidumbre del futuro se remiten fundamentalmente a la capacidad o no del texto descuadernado del mundo digital para superar la tendencia al derrame que lo caracteriza.

¿Será el texto electrónico un nuevo libro infinito, monstruoso, indomable, que nadie podrá leer, como el libro de arena imaginado por Borges? ¿O propone ya un nuevo soporte a la cultura escrita, que favorece y enriquece el diálogo que cada texto entabla con cada uno de sus lectores? No conocemos la respuesta. Pero, cada día, como lectores, sin saberlo, la inventamos.

TOMADO DE "EDICIONESDELSUR.COM"
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31. Del Codice a la pantalla: trayectorias de lo escrito

31. Del Codice a la pantalla: trayectorias de lo escrito

Por: ROGER CHARTIER

Artículo tomado de: Revista Quimera #150, Septiembre de 1996.

"El libro ya no ejerce el poder que ha sido suyo, ya no es el amo de nuestros razonamientos o de nuestros sentimientos frente a los nuevos medios de información y comunicación de que a partir de ahora disponemos": esta observación de Henri Jean Martin constituirá el punto de partida de mi reflexión. En ella quisiera señalar y nombrar los efectos de una revolución temida por unos y aplaudida por otros, dada como ineluctable o simplemente designada como posible: a saber, la transformación radical de las modalidades de producción, de transmisión y de recepción de lo escrito. Disociados de los soportes en los que tenemos la costumbre de encontrarnos (el libro, el periódico ), los textos estarían de ahora en adelante consagrados a una existencia electrónica: compuestos en el ordenador o digitalizados, escoltados por procedimientos telemáticos, llegan a un lector que los aprehende en una pantalla.

Para abordar ese futuro (tal vez es un presente) en el que los textos serán separados de la forma del libro que se impuso en Occidente hace dieciséis siglos, mi punto de vista será doble. Será el de un historiador de la cultura escrita, particularmente atento al unir en una misma historia el estudio de los textos (canónicos u ordinarios, literarios o sin calidad), el de los soportes de su transmisión y diseminación, el de sus lecturas, sus usos, sus interpretaciones. Será, igualmente, el resultado de una participación (en un nivel modesto) en el proyecto de la Biblioteca nacional de Francia. Uno de los ejes esenciales de este proyecto es, efectivamente, la constitución de un importante fondo de textos electrónicos que la biblioteca podrá trasmitir a distancia y que podrán ser objeto de un nuevo tipo de lectura, posibilitado por el correo de lectura computarizado.

Mi primera pregunta será esta: ¿cómo situar en la historia larga del libro, de la lectura y de las relaciones con lo escrito la revolución anunciada, de hecho ya empezada, que nos hace pasar del libro (o del objeto escrito) tal como nosotros lo conocemos, con sus cuadernos, sus hojas, sus páginas, al texto electrónico y a la lectura sobre la pantalla? Para responder a esta pregunta hay que distinguir muy bien tres registros de mutación cuyas relaciones quedan aún por establecer. La primera revolución es técnica: ella transformó a mediados del siglo XV los modos de reproducción de los textos y de la producción del libro. Con los caracteres móviles y la prensa para imprimir, la copia manuscrita dejó de ser el único recurso disponible para asegurar la multiplicación y la circulación de textos. De ahí la importancia otorgada a ese momento esencial de la historia de Occidente, considerado como el que marca la Aparición del libro (ese es el título del libro pionero de Lucien Febvre y Henri-Jean Martin publicado en 19568). O caracterizado como una Printing revolution (así se llama la obra de Elizabeth Eisentein aparecida en 1983).

Hoy en día, la atención se ha desplazado un poco, insistiendo en los límites de esta primera revolución. En principio queda claro que, en sus estructuras esenciales, el libro no se modificó por la invención de Gutenberg. Por otra parte, por lo menos hasta cerca de 1500, el libro impreso sigue dependiendo en gran medida del manuscrito: imita de él su compaginación, su escritura, su apariencia y, sobre todo, se considera algo que debe terminarse a mano: la mano del iluminador que pinta iniciales adornadas o historiadas y miniaturas, la mano del corrector, o enmendador, que añade signos de puntuación, rúbricas y títulos; la mano del lector que inscribe sobre la página notas e indicaciones marginales. Por otra parte, y de modo más fundamental, tanto antes como después de Gutenberg el libro es un objeto compuesto de hojas dobladas y reunidas en cuadernos que se amarran unos con otros. En ese sentido, la revolución de la imprenta no es en absoluto una "aparición del libro". En efecto, doce o trece siglos antes de la aparición de la nueva técnica, el libro occidental encontró la forma que seguiría siendo la suya en la cultura de lo impreso.

Mirar hacia el Oriente, del lado de China, de Corea, de Japón, nos proporciona una segunda razón para evaluar la revolución de la imprenta. Efectivamente, ésta nos muestra que la utilización de la técnica propia de Occidente no es una condición necesaria para que exista, no solamente una cultura escrita, sino todavía más, una cultura impresa de profundos cimientos. Ciertamente, en Oriente son conocidos los caracteres móviles: ahí fueron incluso inventados y utilizados antes de Gutenberg: en el siglo XI son utilizados caracteres de tierra cocida en China y en el siglo XIII se imprimieron textos con caracteres metálicos en Corea. Pero, a diferencia de Occidente después de Gutenberg, el recurso de los caracteres móviles en Oriente permanece limitado, discontinuado, confiscado por el emperador o por los monasterios. Eso no significa la ausencia de una cultura de lo impreso de gran envergadura, hecha posible gracias a otra técnica: la xilografía, es decir, el grabado en planchas de madera de textos impresos mediante frotamiento. Con presencia desde mediados del siglo VIII en Corea, y a finales de siglo IX en China, la xilografía lleva en la China de los Ming y de los Quing, así como en el Japón de los Tukogawa, a una muy amplia circulación de lo escrito impreso, con empresas de edición comerciales independientes de los poderes, una densa red de librerías y de gabinetes de lectura, y géneros populares ampliamente difundidos.

No hay entonces que medir la cultura impresa de las civilizaciones orientales con el único rasero de la técnica occidental, como si aquélla fuera imperfecta o inferior. La xilografía tiene sus propias ventajas: se adapta mejor que los caracteres móviles a las lenguas que se caracterizan por tener un gran número de caracteres o, como en el Japón, por la pluralidad de escrituras; mantiene notablemente vinculadas a la escritura manuscrita y a la impresión, ya que las planchas se graban a partir de modelos caligrafiados; permite, gracias a la resistencia de las maderas que se conservan mucho tiempo, el ajuste del tiraje a la demanda. Esta constatación debe conducir a una apreciación

La revolución actual es mayor que la de Gutenberg. No sólo modifica a la técnica de reproducción del texto, sino también las estructuras y las formas mismas del soporte que transmite a sus lectores

Más justa del invento de Gutenberg. Ciertamente éste es fundamental, pero no es la única técnica capaz de asegurar una muy amplia diseminación del libro impreso.

La revolución de nuestro presente es, evidentemente, mayor que la de Gutenberg. No sólo modifica la técnica de reproducción del texto, sino también las estructuras y las formas mismas del soporte que transmite a sus lectores. EL libro impreso, hasta nuestros días, ha sido el heredero directo del manuscrito por la organización en cuadernos, por la jerarquía de los formatos —del folio al libellus—, por las ayudas a la lectura: concordancias, índice, cuadros, etc. Con la pantalla como sustituto del códice, la revolución es mucho más radical, ya que son los modos de organización, estructuración, consulta de lo escrito los que se hallan modificados. Una revolución así requiere entonces de otros términos de comparación.

La larga historia de la lectura nos proporciona los esenciales. Su cronología se organiza a partir del señalamiento de las dos mutaciones fundamentales. La primera pone el acento en una transformación de la modalidad física, corporal, del acto de la lectura, e insiste en la importancia decisiva del paso de una lectura necesariamente oralizada, indispensable al lector para la comprensión del sentido, a una lectura posiblemente silenciosa y visual. Esta revolución atañe a una larga edad media, ya que la lectura silenciosa, al principio restringida a los sriptoria monásticos entre los siglos VII y XI, ganaría el mundo de las escuelas y de las universidades en el XII, después el de los aristócratas laicos dos siglos más tarde. Su condición de posibilidad es la introducción de la separación entre las palabras por parte de los escribas irlandeses y anglosajones de la alta edad media, y sus efectos son totalmente considerables al abrir la posibilidad de leer más rápidamente y por tanto de leer más textos, y textos más complejos.

Una perspectiva así sugiere dos señalamientos. EN principio el hecho de que el Occidente medieval haya debido conquistar la habilidad de la lectura en silencio con los ojos no debe hacernos concluir su inexistencia en la antigüedad griega y romana. En las civilizaciones antiguas, en poblaciones para las cuales le lengua escrita es la misma que la lengua vernácula, la ausencia de separación entre las palabras no impide de ninguna manera la lectura silenciosa. La práctica común en la antigüedad de la lectura en voz alta, para los otros o para sí, no debe atribuirse a la ausencia de dominio de la lectura sólo con los ojos (ésta fue sin duda practicada en el mundo griego desde el siglo VI a.C). Más bien hay que atribuirla a una convención cultural que asocia vigorosamente el texto y la voz, la lectura, la declamación y la escucha. Este rasgo subsiste además en la época moderna, entre los siglos XVI y XVIII, cuando leer en silencio se convirtió en una práctica ordinaria de los lectores letrados. La lectura en voz alta siguió siendo entonces la base fundamental de las diversas formas de sociabilidad, familiares, cultas, mundanas o públicas, y el lector que busca muchos géneros literarios es un lector que lee par los otros o un "lector" que escucha leer. En la Castilla del Siglo de Oro, leer y oír, ver y escuchar son así casi sinónimos, y la lectura en voz alta es la lectura implícita de géneros muy diversos: todos los géneros poéticos, la comedia humanista (pensemos en La Celestina), la novela en todas sus formas, hasta el Quijote, la historia en sí.

Segunda observación en forma de pregunta: ¿no habrá que otorgar mayor importancia a las funciones de lo escrito que a su modo de lectura? Si tal es el caso, hay que colocar una cesura esencial en el siglo XII, cuando lo escrito no está ya sólo investido de una función de conservación y de memorización, sino que se compone y copia con fines de lectura, entendida como un trabajo intelectual. A un modelo monástico de la escritura sucede, en las escuelas y universidades, el modelo escolástico de la lectura. En el monasterio, el libro no se copia para ser leído, compendia el saber como un bien patrimonial de la comunidad y comporta usos ante todo religiosos: la ruminatio del texto, verdaderamente incorporada por el fiel, la meditación, el rezo. Con las escuelas urbanas todo cambia: el lugar de la producción del libro, que pasa del scriptorium a la tienda del librero estacionario; las formas del libro, con la multiplicación de abreviaturas, señales, glosas y comentarios, y el método mismo de lectura, ya que no es la participación en el misterio de la palabra sagrada, sino un desciframiento regulado y jerarquizado por la letra (littera), del sentido (sensus) y de la doctrina (sententia). Las conquistas de la lectura silenciosa no pueden pues separase de la mutación principal que transforma la función misma de la escritura.

Otra "revolución de la lectura" se refiere, por su parte, al estilo de lectura. En la segunda mitad del siglo XVIII, a la lectura "intensiva" sucedería otra, calificada como "extensiva" . El lector "intensivo" es confrontado con un corpus limitado y cerrado de textos, leídos y releídos, memorizados y recitados, escuchados y conocidos de memoria, transmitidos de generación en generación. Los textos religiosos, y en primer lugar la Biblia en los países de la reforma, con los alimentos privilegiados de esta lectura notablemente marcada por la sacralidad y la autoridad. El lector "extensivo", el de la Leseanet, de la rabia por leer que surge en Alemania en tiempos de Goethe, es un lector totalmente diferente: consume impresos numerosos y diversos, los lee con rapidez y avidez, ejerce a su respecto una actividad crítica que ya no sustrae ningún dominio a la duda metódica.

Un diagnóstico parecido ha podido ser discutido. En efecto, son numerosos los lectores "extensivos" en la época de la lectura "intensiva": pensemos en los letrados humanistas que acumulan lecturas para componer sus cuadernos de lugares comunes. Y el caso contrario es aún más cierto: es efectivamente en el momento mismo de la "revolución de la lectura" cuando, con Rousseau, Goethe o Richardson se despliega la más "intensiva" de las lecturas, por medio de la cual la novela se apodera de su lector, lo ata y gobierna como antes hizo el texto religioso. Además, para los lectores más numerosos y más humildes —los de los chapbooks, de la Biblioteca azul, o de la literatura de cordel—, la lectura conserva durante mucho tiempo los rasgos de una rara, difícil práctica que supone memorizar y recitar textos que se vuelven familiares porque son pocos y, de hecho, son reconocidos más que descubiertos.

Estas precauciones necesarias que conducen a abandonar una oposición demasiado contrastante entre los dos estilos de lectura, no invalida sin embargo la constatación que sitúa en la segunda mitad del siglo XVIII una "revolución de la lectura". Sus bases están bien señaladas en Inglaterra, en Alemania y en Francia: el crecimiento de la producción del libro, la multiplicación y la transformación de los periódicos, el éxito de los formatos pequeños, el descenso del precio del libro gracias a las ediciones piratas, la multiplicación de las sociedades de lectura (Book-clubs, Lesegesellschaften, cámaras de lectura). Descrito como un peligro para el orden público, como un narcótico (según palabras de Fichte), o como un desarreglo de la imaginación y de los sentidos, este "furor por leer" golpea a los observadores contemporáneos. Jugó indudablemente un papel esencial en desprendimientos críticos que, por toda Europa y particularmente en Francia, alejaron a los súbditos de su príncipe y a los cristianos de sus iglesias.

La revolución del texto electrónico es y será también una revolución de la lectura. Leer sobre una pantalla no es leer en un códice. La representación electrónica de los textos modifica totalmente su condición: sustituye la materialidad del libro con la inmaterialidad de textos sin lugar propio; opone a las relaciones de contigüidad, establecidas en el objeto impreso, la libre composición de fragmentos manipulables indefinidamente; a la aprehensión inmediata de la totalidad de la obra, hecha visible por el objeto que la contiene, hace que le suceda la navegación en el largo curso de archipiélagos textuales en ríos movientes. Estas mutaciones ordenan, inevitablemente, imperativamente, nuevas maneras de leer, nuevas relaciones con lo escrito, nuevas técnicas intelectuales. Sin las revoluciones precedentes de la lectura sobrevinieron cuando no cambiaban las estructuras fundamentales del libro, no sucede lo mismo en nuestro mundo contemporáneo. La revolución iniciada es, ante todo, una revolución de los soportes y las formas que transmiten lo escrito. En esto el mundo occidental no tiene más que un solo precedente: la sustitución del volumen por el códice, por el libro compuesto de cuadernos reunidos en lugar del libro en forma de rollo, ocurrida en los primeros siglos de la era cristiana.

A propósito de esta primera revolución, que inventa el libro que es aún el nuestro, deben ser planteadas tres preguntas. En principio, la de su fecha. Los hechos arqueológicos disponibles proporcionados por las excavaciones llevadas a cabo en Egipto permiten sacar varias conclusiones. Por una parte, es en las comunidades cristianas donde el códice reemplaza con mayor precocidad y más masivamente al rollo: desde el siglo II, todos los manuscritos hallados de la Biblia que datan del siglo II son de códices escritos en papiro, y, entre los siglos II y IV, 90% de los textos bíblicos y 70% de los textos litúrgicos y hagiográficos que nos han llegado están en forma de códice. Por otra parte, es con un notable desfase que los textos griegos, literarios o científicos adoptan la nueva forma del libro: es solamente en los siglos III y IV cuando el número de códices iguala al siglo III, permanece notable el número de códices iguales al de rollos. Incluso si el cálculo de la fecha de los textos bíblicos en papiro ha podido ser discutido, y a veces retrasado, hasta el siglo III, permanece notable el vínculo entre la preferencia otorgada al códice y los cenáculos cristianos.

Una segunda pregunta se refiere a las razones de la adopción de esta nueva forma de libro. Los motivos clásicamente esgrimidos conservan su pertinencia, incluso si hay que matizarlos un poco. La utilización de los dos lados del soporte reduce sin duda el costo de fabricación del libro, pero este uso no ha venido acompañado de otras economías posibles: disminución del módulo de escritura, retraimiento de los márgenes, etc. Por lo demás, el códice permite sin duda reunir una gran cantidad de texto en un volumen mínimo, aunque esta ventaja fue poco explotada de manera inmediata: en los primeros siglos de su existencia, los códices siguieron siendo de talla modesta y contenían menos de ciento cincuenta pliegos (es decir, trescientas páginas). Es a partir del siglo IV, incluso del V, cuando engrosan los códices y absorben el contenido de varios rollos. Finalmente, es innegable que el códice permite una marcación más fácil y un manejo más sencillo del texto: hace posible la paginación, el establecimiento del índice y de las concordancias, la comparación de un pasaje con otro, o incluso el hecho de que el lector, al hojearlo, recorra todo el libro. De ahí la adaptación de la forma nueva del libro a las necesidades textuales propias del cristianismo, a saber: la confrontación de los Evangelios y la movilidad, con fines de predicación, del culto o del rezo, de las citas de la palabra sagrada. Pero fuera de los medios cristianos, el dominio y utilización de las posibilidades ofrecidas por el códice se imponen sólo lentamente. Su adopción parece hecha por lectores que no pertenecen a la elite letrada —ésta permanece por mucho tiempo fiel a los modelos griegos, y por tanto al volumen—, y en principio abarca textos que se encuentran situados fuera del canon literario: textos escolares, obras técnicas, relatos, etc.

Entre los efectos del paso del rollo al códice, dos de ellos merecen una atención particular. Por una parte, si el códice imponen su materialidad, no borra las designaciones o representaciones antiguas del libro. En la ciudad de Dios de San Agustín, por ejemplo, si el término "códice" nombra al libro en cuanto objeto físico, la palabra liber se emplea para marcar las divisiones de la obra, y esto guardando memoria de la forma antigua, ya que el "libro", devenido aquí unidad del discurso (La ciudad de Dios abarca 22), corresponde a la cantidad de texto que podía contener un rollo. De igual manera, las representaciones del libro en las monedas y en los monumentos, en la pintura y en la escultura, permanecen por mucho tiempo ligadas al volumen, símbolo de saber y de autoridad, aun cuando el códice ha impuesto ya su nueva materialidad y obligado a nuevas prácticas de lectura. Por otra parte, para ser leído, y por tanto desenrollado, un rollo debe ser sostenido con las dos manos: de ahí, como nos lo muestran los frescos y los bajorrelieves, la imposibilidad para el lector de escribir al mismo tiempo que lee y, de golpe, la importancia del dictado en voz alta. Con el códice el lector conquista la libertad colocando sobre una mesa o un pupitre, el libro en cuadernos ya no exige un movimiento del cuerpo similar. En relación con él, el lector puede tomar sus distancias, leer y escribir al mismo tiempo, ir de una página a otra, a su gusto, o de un libro a otro. Con el códice, igualmente, se inventa la tipología formal que asocia formatos y géneros, así como tipos de libros y categorías de discurso, y se establece por tanto el sistema de clasificación y de marcación de textos que la imprenta heredará y que es todavía el nuestro.

¿Por qué estas miradas hacia atrás, por qué, en particular, llevar la atención hacia el nacimiento del códice? Sin duda, porque la comprensión y el dominio de la revolución electrónica del mañana (o del hoy) dependen en gran medida de su correcta inscripción en una historia de larga duración. Ello permite tomar plena medida de las posibilidades inéditas abiertas por la digitalización de los textos, su transmisión electrónica y su recepción en ordenador. En el mundo de los textos, dos limitaciones, consideradas hasta ahora como imperativas, pueden señalarse. Primera limitación: la que reduce estrechamente las posibles intervenciones del lector en el libro impreso. Desde el siglo XVI, es decir, desde la época en que el impresor tomó a su cargo los signos, las marcas y los títulos, títulos de capítulos o títulos corrientes que, en tiempo de los incunables, se añadían a mano sobre la página impresa por el corrector o el poseedor del libro, el lector no puede insinuar su escritura sino en los espacios vírgenes del libro. El objeto impreso le impone su forma, su estructura, sus disposiciones, y no supone de ninguna manera su participación. Si el lector pretende, de todos modos, inscribir su presencia en el objeto, sólo puede hacerlo ocupando subrepticia, clandestinamente, los lugares del libro que deja la escritura impresa: interiores de la encuadernación, folios dejados en blanco, márgenes del texto, etcétera.

Con el texto electrónico ya no pasa lo mismo. El lector no sólo puede someter los textos a múltiples operaciones (puede hacer su índice, anotarlo, copiarlo, desmembrarlo, recomponerlo, moverlo, etc.), sino, más aún, puede convertirse en su coautor. La distinción, muy visible en el libro impreso, entre la escritura y la lectura, entre el autor del texto y el lector del libro, se borra en provecho de una realidad distinta: el lector se convierte en uno de los actores de una escritura a varias manos o, al menos, se halla en posición de constituir un texto nuevo a partir de fragmentos libremente recortados y ensamblados. Como el lector del manuscrito que podía reunir en un solo libro, por su sola voluntad, obras de naturalezas muy diversas, unirlas en un mismo compendio, en un mimo libro-Zbaldone, el lector de la era electrónica puede construir a su placer conjuntos textuales originales cuya existencia, organización e incluso apariencia sólo dependen de él. Pero, además, puede en todo momento intervenir en los textos, modificarlos, reescribirlos, hacerlos suyos. A partir de esta circunstancia se comprende que tal posibilidad pone en tela de juicio y en peligro nuestras categorías para describir las obras, referidas desde el siglo XVIII a un acto creador individual, singular y original, y que fundan el derecho en materia de propiedad de un autor sobre una obra original, producida por su genio creador (la primera vez que se usó el término fue en 1701) se ajusta muy mal al mundo de los textos electrónicos. Así, el Tribunal Supremo de Estados Unidos le ha negado toda pertinencia a esta noción en el caso de la publicación de la guía telefónica.

Por otra parte, el texto electrónico permite, por primera vez, remontar una contradicción que ha obsesionado a los occidentales: la que opone, de un lado, el sueño de una biblioteca universal que reúne todos los libros jamás publicados, todos los textos jamás escritos, incluso, como escribió Borges, todos los libros que es posible escribir agotando todas las combinaciones de las letras del alfabeto y, del otro, la realidad, forzosamente decepcionante, de las colecciones que, cualquiera que sea su tamaño, no pueden proporcionar más que una imagen parcial, con lagunas, mutilada, del saber universal. Occidente ha otorgado una figura ejemplar y mítica a esta nostalgia de la exhaustiva perdida: la biblioteca de Alejandría. La comunicación de textos a distancia que anula la distinción, hasta ahora irremediable, entre el lugar del texto y el lugar del lector, vuelve concebible, accesible, este antiguo sueño. Desprendido de su materialidad y de sus antiguas localizaciones, el texto y su representación electrónica pueden ya alcanzar a cualquier lector dotado del material necesario para recibirlo. Suponiendo que todos los textos existentes, manuscritos o impresos, sean digitalizados o, dicho de otra manera, hayan sido convertidos en textos electrónicos, la universal disponibilidad del patrimonio escrito se vuelve posible. Todo lector, allí donde se encuentre, con la condición de que esté conectado frente a un puesto de lectura con la red informática que asegura la distribución de los documentos, podrá consultar, leer o estudiar cualquier texto, cualesquiera que hayan sido su forma y su localización originales. "Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante felicidad": esta felicidad "extravagante" de la que habla Borges no es prometida por las bibliotecas sin muros, e incluso carentes de lugar, que serán sin duda las del futuro.

Felicidad extravagante, pero tal vez no sin riesgo. En efecto, cada forma, cada soporte, cada estructura de la transmisión y de la recepción de lo escrito afecta profundamente sus posibles usos e interpretaciones. En estos últimos años, la historia del libro se ha interesado en señalar, en diversos niveles, estos efectos de sentido de las formas. Son numerosos los ejemplos que muestran transformaciones propiamente "tipográficas" (en un sentido amplio del término) que modifican profundamente los usos, las circulaciones, las comprensiones de un "mismo" texto. Así sucedió con las variaciones en las partes del texto bíblico, en particular a partir de las ediciones de Robert Estienne y sus versículos numerados. Así ocurrió con la imposición de dispositivos propios del libro impreso (título y página del título, separación en capítulos, grabados en madera) a obras cuya forma original, unida a una circulación únicamente manuscrita, les era totalmente extraña: ahí está, por ejemplo la suerte del Lazarillo de Tormes, letra apócrifa, sin título, sin capítulos, sin ilustración destinado a un público letrado y transformado por sus primeros editores en un libro cercano, por su presentación, a las vidas de santos o a los occasionneis, en ese entonces los géneros de mayor circulación en la España del Siglo de Oro. Así, en Inglaterra, para las obras teatrales, el paso de las ediciones isabelinas, rudimentarias y compactas, alas ediciones que a comienzos del siglo XVIII, adoptando las convenciones clásicas francesas, vuelve visible el corte en actos y en escenas y restituye, mediante la indicación de los juegos de escena, algo de la acción teatral en el texto impreso. De manera que, más todavía, las formas nuevas que se aplican a todo un conjunto de textos ya publicados, más generalmente de origen culto, es con el fin de que puedan alcanzar a los lectores "populares" y constituir así el repertorio de las librerías ambulantes en Castilla, Inglaterra o Francia. Cada vez es idéntica la constatación: el significado, o más bien los significados, histórica y socialmente diferenciados de un texto, cualquiera que éste sea, no pueden separarse de las modalidades materiales en que se dan a leer a sus lectores.

De ahí viene, para nuestro presente, una gran lección: la posible transferencia del patrimonio escrito de un soporte a otro, del códice a la pantalla, abre posibilidades inmensas pero también representará una violencia ejercida en los textos al separarlos de las formas que han contribuido a construir sus significaciones históricas,. Suponiendo que, en un futuro más o menos cercano, las obras de nuestra tradición no se transmitan ni se descifren ya sino en una representación electrónica, sería grande el riesgo al ver perdida la inteligibilidad de una cultura textual en la que se llevó a cabo una unión antigua, esencial, entre el concepto mismo de texto y una forma particular del libro: el códice. Nada muestra mejor la fuerza de esta unión que las metáforas que, en la tradición occidental, hacen del libro una figura posible del destino, del cosmos o del cuerpo humano. El libro que ellas manejan, de Dante a Shakespeare, de Ramón Llull a Galileo, no es cualquier libro: está compuesto de cuadernos, formado en folios y páginas, protegido por una encuadernación. La metáfora del libro del mundo, del libro de la naturaleza, tan poderosa en la edad moderna se encuentra como dispuesta en las representaciones inmediatas y arraigadas que asocian naturalmente el texto escrito al códice. El universo de los textos electrónicos significará entonces necesariamente un alejamiento de las representaciones mentales y las operaciones intelectuales que están específicamente ligadas a las formas que ha tenido el libro den Occidente desde hace diecisiete o dieciocho siglos. Ningún orden de los discursos es, en efecto, separable del orden de los libros que le es contemporáneo.

Me parece entonces necesario, hoy en día, mantener juntas dos exigencia. Por un lado, necesitamos acompañar de una reflexión histórica, jurídica, filosófica, la mutación considerable que está revolucionando los modos de comunicación y de recepción de lo escrito. Una revolución técnica no se decreta. Tampoco se suprime. El códice la llevó a cabo y suplantó al rollo, incluso si éste, con otra forma y para otros usos (en particular archivísticos) atravesó toda la edad media. Y la imprenta sustituyó al manuscrito como forma masiva de reproducción y de difusión de los textos —incluso si los escritos copiados a mano conservaron su papel en la era de la imprenta para la circulación de numerosos tipos de textos surgidos de la escritura del fuero privado, de las prácticas literarias aristocráticas dirigidas por la figura del gentleman writer, o de las necesidades de comunidades particulares consideradas heréticas, unidas por el secreto de los gremios de la francmasonería, o simplemente cimentadas en el intercambio de los textos manuscritos. Se puede entonces pensar que en el siglo XXV, en el año 2440 que Louis Sebastien Mercier ha imaginado en su utopía publicada en 1771, la Biblioteca del Rey (o de Francia) no será ese "pequeño gabinete" que sólo contiene pequeños libros en duodécimos que concentran únicamente el saber útil, sino un punto en una red, extendida a todo el planeta, que asegure la disponibilidad universal de su patrimonio textual accesible en todas partes gracias a su forma electrónica. Ha llegado el momento de observar mejor y de comprender mejor los efectos de esa mutación y, considerando que los textos no son necesariamente libros, ni siquiera periódicos o revistas (derivados ellos también del códice), de redefinir todas las nociones jurídicas (propiedad literaria, derechos de autor, copyright) y reglamentarias (depósito legal, biblioteca nacional) y biblioteconómicas (catalogación, clasificación, descripción bibliográfica, etc) que han sido pensadas y construidas en relación con otra modalidad de la producción, la conservación y la comunicación de lo escrito.

Pero existe para nosotros una segunda exigencia, indisociable de la precedente. La biblioteca del futuro debe ser también el lugar en que se pueda mantener el conocimiento y la comprensión de la cultura escrita en las formas que han sido y son todavía mayoritariamente las suyas hoy en día. La representación electrónica de todos los textos cuya existencia no comienza con la informática no debe significar de ninguna manera la relegación, el olvido, o peor, la destrucción de los objetos que los han portado. Más que nunca, tal vez, una de las tareas esenciales de las grandes bibliotecas es recolectar, proteger, censar (por ejemplo bajo la forma de catálogos colectivos nacionales, los primeros pasos hacia las bibliografías nacionales retrospectivas), los objetos escritos del pasado y, así, hacer accesible el orden de los libros que todavía es el nuestro y que fue el de los hombres y las mujeres que leyeron desde los primeros libros de nuestra era cristiana. Solamente si es preservada la inteligencia de la cultura del códice podrá existir, sin matices, la "extravagante felicidad" que promete la pantalla.

TOMADO DE "JAVERIANA.EDU.COM"
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